sábado, junio 07, 2008

Trabajo temporal


- Verás: Durante cinco años he estudiado los perfiles psicológicos del suicida, desde él que avisa, al que no, él que lo hace por despecho, él que lo hace por cansancio, desgana... o por simples asuntos amorosos. En fin, por un sinfín de razones que me chapado a lo largo de dicho tiempo y para lo que me han contratado hace seis meses...
- ¡Qué dice...
- Digo que ya ves como he acabado: subido aquí, debajo de la cornisa de este edificio, contratado temporalmente por la policía nacional, y viendo como se arremolina la gente ahí abajo.
- Por mi se puede ir. No pienso cambiar de opinión.
- Ese es el problema. No me puedo ir de aquí. Si mi jefe ve como te abandono.... zas.... ya no me renuevan el contrato.
- Váyase a la mierda con su contrato!
- ¿En donde crees que estamos muchacho? ¿En una terraza de verano? Esto mismo... esto es la mierda.
- Entonces me tiraré cuanto antes y ya...
- Para, para, para... ¡Quieto ahí! ... Por favor.
- ¿¡Qué cojones te pasa ahora!?
- ¿¡Qué qué me pasa!? ¿¡Qué qué me pasa!? Pues que eres mi quinto caso de suicido; mi quinto caso de suicidio en seis meses... casi uno por mes.
- ¡¿Y qué?!
- Pues que los cuatro casos anteriores han sido un completo fracaso para mí.
- ¿Cómo?
- Que la han espichado. Muerto. Han convertido mi labor en inútil y soy el hazmerreir de la comisaría. Y, además, ya sabes, estoy a punto de renovar y no se si me pasarán por alto un fiambre más.
-¿?
- Si, no me mires así. En el fondo ,que la palmes o no, me importa un carajo. Cada perro se relame sus propios testículos y no voy a ser yo quien te diga lo equivocado que estás.
-....
- Es mas, a estas alturas de la vida casi te lo recomendaría, que te tiraras. La vida es una porquería, el amor de tu vida, esa chica perfecta, seguramente está poniéndote los cuernos en estos mismos momentos con tu mejor amigo, y por quererte ya no te quiere ni la puta de tu madre.
- ¡Oiga! ¡Sin faltar! ¡Si no quiere venirse conmigo para ahí abajo!
- No me amenaces capullo... ¡Tiene cojones! Perdiendo el tiempo con un mequetrefe como tú y aun tienes las santas narices de levantarme la mano.
- ¡Váyase por favor!
- No puedo. Ya te lo expliqué antes. Y no llores niñato, o quieres que vean un cadáver llorón, un cadáver mojigato lleno de lágrimas.... Total, vas a ser el único que vas a llorar en tu sepelio.
- Usted está loco.
- Loco si, pero con los pies en el suelo... ¿Sabes qué van a decir de ti despues de que tus sesos se desparramen por el asfalto.?
- ¿Qué....
- Que te faltaba una o dos herviduras, que siempre te lo notaron, lo majara que estabas, y que además eras muy debilucho de carácter... Un membrillo emocional.
- ¡Y a mi que me importa lo que digan!
- Nada, por supuesto. Pero lo dirán. Habrás paseado por la vida como un sonámbulo, sin pena ni gloria alguna, y dentro de cuatro días la gente tendrá problemas de memoria hasta para acordarse de tu nombre.
- Es que yo...
- ¿Tu qué?
- Es que nadie... Es que no tengo a nadie.... A nadie.
- ¿Y eso es un problema sin solución?
- A nadie.
- Pero no llores chaval.... no llores.... ¡ Por mis santos cojones! ¡Qué me estás poniendo triste!
- No tengo a nadie.
- Dame la mano...
- ¿Para qué?
- Ya sabes.
- ¿Para que te renueven el contrato?
- Por lo menos....
- Mierda, mierda, mierda....
- Ven aquí....
- Mierda...
- Gracias chaval, me has hecho un gran favor....

miércoles, junio 04, 2008

Vagainmundo


Apenas tengo recuerdos... Solo de mi padre, que me dijo que me parió la ventisca en una noche de invierno. Sin embargo aquí estoy, en tu pueblo, dispuesto a buscarte, dispuesto a encontrarte.
No sé como me llamo, no se de donde vengo, aunque sí se quien eres... El reclamo de mis intereses en esta vida.
Me llaman Vagainmundo. Tengo el pelo grasiento y largo, aunque cubierto casi siempre por un sombrero de ala ancha. Mis ojos son agudos, siniestros, cada cual de su color, y se reviran constantemente hacia los dos lados, buscándote. Soy alto, y mis piernas, de tanto andar, musculosas, muy robustas. Mi tez es oscura, quemada por los soles de cada día. El rostro, ancho, propio de un germano o un escandinavo... Y me llaman Vagainmundo.
- Identifíquese.
Es un policía municipal, a la entrada del pueblo, y situado justo al lado de una urbanización de lujo.
Me quito el sombrero, miro hacia el sol, volteo los ojos hasta ponerlos en blanco, y comienzo mi plegaria:
- Isis, madre de terrenal de los demonios, protégeme de la ira, de la sangre, y de todos cuantos pecadores hubiere por estas tierras...
El policía pierde parte de su firme compostura, me examina con una nueva impronta, la de su condescendencia, y me dice:
- Está bien, prosiga... Pero no se detenga en el pueblo.
Me pongo el sombrero en la cabeza, sorteó la moto del policía, y dejo que una sonrisa mane sobre la superficie de mi rostro.
- Isis, madre toda poderosa, alimenta mi demonio, engórdalo con la maldad.
Llego a la plaza del pueblo. Los cuatro chiquillos que juegan a la pelota detienen su partida. Demudados de su anterior alboroto, me observan en silencio. Le guiño el ojo al mas pequeño y éste corre asustado a los brazos de su madre.
Entro en una cafetería, y cesan las palabras. Sin conseguirlo, la docena larga de clientes tratan de identificar la extraña silueta que se recorta con la luz exterior y, como si no supieran de lo que estaban charlando hacía unos segundos, tardan un buen rato en reanudar sus peroratas.
- ¿Qué quiere? - me dice el camarero, con un tono excesivamente seco.
Antes de responder, me tomo todo el tiempo del mundo, asentando todas mis pertenencias junto a la barra, sentándome sobre un taburete, y contemplando las evasivas miradas de los demás clientes.
- Un vaso de agua.
- ¿Un botellín?
- No. Un vaso de agua.
El camarero mira al que debe ser su jefe, el propietario, y éste asiente.
Me sirve el vaso de agua y yo ni lo toco.
Pasan los minutos, la hora, y el camarero se acerca a mi lado.
- ¿No hay sed, amigo?
- ¿Me conoce? - le respondo.
- Esto...
- ¿Porqué me considera entonces su amigo?
El camarero, un poco asustado, retrocede dentro de la barra, y busca algo que hacer.
Entonces, casualidad o no, entras tú, mi único objetivo.
Tú.
Un bonita chaqueta de cuero marrón cubre tu ropa de marca. El impecable peinado de tus melenas enmarcan la belleza de tu rostro, inmaculado como el de las mil mujeres que me sonríen desde las vallas publicitarias. Guapa como en la orla en la que te conocí.
Y ahora, al entrar, me eludes y te diriges al fondo de la barra.
Todos te saludan, todos te conocen, pues a todos habrás palpado con tus delicadas manos... señora doctora.
- ¿Lo de siempre Doña Amalia?
- Si Carlos, lo de siempre... el cortado.
Me levanto y todos los presentes alzan su mirada hacia mí. Tú no. Tú lees el periódico entretenida.
Y, en el pulcro silencio que nos rodea, me acerco hasta ti.
El camarero abre su boca para decir algo, me mira, y la cierra.
- Amalia - te digo, de pie y justo a tu lado, rozando tu hombro con la cremallera de mi pantalón.
Tomas un pequeño sorbo de la taza, acabas de leer el párrafo del periódico, y por fin me prestas atención:
- ¿¡Si?!
En tu rostro surge la extrañeza. No te habías fijado en mi hasta este momento.
- ¿Quién es usted? - me preguntas antes de que yo te diga algo.
- ¿No te acuerdas de mi?
Te apartas un poco, como si te sintieses amenazada.
- No - me respondes.
- ¿Seguro?
- ¡Deje en paz a la señora! - me dice el camarero.
Hago caso omiso de tal consejo e insisto:
- ¿No te acuerdas de mi?
Amalia.
Y dudas por primera vez. Algo se despierta en tu interior.
- Soy yo - digo asintiendo con la cabeza.
- No puede ser.
Me ha reconocido. Por fin.
- ¡Noooo....! - chilla desaforadamente, presa de un pánico repentino.
- Isis, madre terrenal de mil demonios....
Entonces, uno de los clientes del bar se abalanza sobre mi y me tira junto a una de las mesas del local.
Me levanto muy despacio. Recojo el sombrero del suelo y lo coloco en mi cabeza, ciñéndolo sobre la frente.
La expectación es máxima. Amalia, la joven doctora, respira alterada, fruto de su nerviosismo.
El cliente que me ha dado el empujón ha cogido una botella de detrás de la barra y la empuña como lo haría con su tranca un mamporrero.
- ¡Lárguese! - me grita.
Sonrío.
Mi misión ya ha sido cumplida.
- Solo quedáis tres - le digo a la joven doctora.
-... tress... - susurras entre los dientes.
- Si, Amalia.
- ... no puede ser.
- Tres por visitar. Tres de una docena de petulantes y orgullosos estudiantes de medicina jugando con el cadáver de un pobre vagabundo... jugando a cambiar sus vísceras de sitio, jugando a...
- .... no puede ser - dices con el rostro compuesto de terror.
- Es - grito, clavando mi mirada en la suya.
Y te desmayas. Te desvaneces y pierdes el sentido.
El tipo de la botella hace amago de golpearme, pero lo detengo con un solo gesto.
Me acerco hasta la barra de la cafetería, bebo el vaso de agua, y salgo del local hacia la plaza del pequeño pueblo.
El sol luce extraño en el exterior.
Y a todo esto, he de deciros que soy Vagainmundo, y aunque no se como me llamo, se que me quedan tres estudiantes, ahora médicos, por visitar. Tres medicuchos a los que asustar un poco... devolver la moneda por convertir el cadáver de mi padre, a quien tanto me parezco, en un guiñapo lleno de recortes y mutilaciones.

- Isis, madre terrenal de los demonios....



Llegué al atardecer, junto al gran río de agua salada... Saqué mi catalejo de pirata de la mochila y busqué en el horizonte los trapos de mi viejo velero bergantín.
En la arena, las gentes, semi-desnudas, me miraban con atención, y los niños me señalaban.
- Por Isis....
Una señora muy mayor, con su ajada piel repleta de pellejos, levantó sus anteojos y me preguntó si podía bañarse.
- Por mi puede ahogarse - le respondí sin perder de vista la línea que separaba el mar del cielo.
- Mal-educado...
Comencé a caminar por donde rompían las olas y observé con atención los restos que el mar había dejado durante la tarde... Ningún resto digno de ser nombrado: por lo que supuse que la batalla aun no había tenido lugar.
Poco a poco, fue oscureciendo, y las gentes, lentamente, despejando su presencia de mi lugar.
Junté unos pocos leños, matojos, y demás ramallaje venido con la marea, e hice una hoguera en medio de la playa.
- Isis, madre de todos los demonios....
Y al son de las llamas bailé en honor de mi madre hasta caer desfallecido, dejando que el vapor de mi sudor se deslizase con mi mirada hacia las estrellas.
De repente, cuando mi ser estaba empezando a viajar por mis adentros, surgió un ruido atronador de entre las dunas y un pequeño sol asomó de las mismas.... dos.... tres.... cuatro motos que empezaron a rodearme con sus sonidos desgarrados, girando como locas hasta hacerme tapar los oídos con la palma de las manos.
- ....
Apagaron los motores y se bajaron de la moto, a cuatro o cinco metros de donde yo estaba. Llevaban ropas oscuras y su tranquilo estar denotaba una total tranquilidad.
- Identifíquese - me dijo uno de los motoristas tras quitarse el casco.
Encogí el gaznate cuanto pude y con voz ridícula e infantil bramé tembloroso:
- Soy un pobre desgraciado... un pobre que no tiene donde dormir... que tiene hambre... y sueño.
El grupete sonrió divertido.
- Nombre... Diga su nombre.
- ¿Quienes son ustedessss?
- El Seprona.... Guardia civil.
Mentían. La motos eran de diferente marca y dos de ellos calzaban botines deportivos.
- Díganos su nombre - insistió el que llevaba la voz cantante mientras uno de ellos se ponía por detrás de mi, a mis espaldas.
- Déjenme en paz - lloriqueé -. Mi trabajo en este mundo ya se ha acabado.
- Trabajo... ¿Qué trabajo?
Me acordé de las divertidas visitas médicas que me habían llevado por toda la península durante los últimos años y dije:
- Soy sepulturero - bramé.
Se hizo un extraño silencio. No esperaban que mi voz cambiara de tono repentinamente y que la respuesta fuera tan anodina.
- Isis, madre de todos los demonios, engorda mi....
El que estaba a mis espaldas me dio una patada entre las paletillas y fui caer de bruces en la hoguera. Durante lo que parecieron unos interminables segundos, y mientras los cuatro motoristas se pasaban una botella de licor, saboreé el calor del fuego.
Cegado por las mil visiones que mi madre me había mostrado en ese pequeño infierno, olisqueé la bruma del mar y percibí la extraña presencia de mis enemigos.... de mis verdaderos enemigos.
- Perdonen - les dije a aquellos simpáticos muchachos -. Pero debo irme...
- Ehh...¡!
- Perdonen - gemí bobaliconamente y como si fuera una puta pendenciera lavando la herramienta del trabajo.
- ¿A donde crees que vas? - me dijo uno de ellos, que aun no había hablado y que ahora blandía en el aire unas cadenas.
- Al infierno...
- Espera - me gritaron al unísono cuando eché a andar por la playa.
Hice caso omiso de su advertencia. Ellos no se daban cuenta, pero en algún sitio muy cercano había sucedido un desembarco de rutilantes ángeles en busca de mi despiadada alma y yo debía buscar un refugio... Al menos, mientras no llegaran los míos.
Sentí el abrazo de las cadenas alrededor de mis piernas y visité de nuevo la arena, solo que esta vez no tenía mucho tiempo para charlar con mi madre y me levante con una repentina agilidad.
Saqué la catana de la base de la mochila y la hice silbar en el aire.
Primera advertencia.
- ¿Qué es? - dijo uno de los muchachos algo nervioso.
- No sé... Está muy oscuro - respondió otro.
Segunda advertencia.
- ¿Qué es? - insistió de nuevo. Pero ya no obtuvo respuesta.
En pie, solo quedaban tres.
- ¿Miguel....? ¿Qué te pasa Migue....
Tercera advertencia.
Dos.... solo dos.
- ¡Mierda! Yo me voy - gritó con cierta histeria el de las cadenitas antes de regalar su último soplo a este mundo.
Cuarta advertencia....
El último de los muchachos trataba de arrancar la moto con gran ahínco; parecía como si lo persiguiese el diablo. Sin embargo, que curioso, en ese preciso momento, cuando más necesitaba de su montura para alejarse del infierno, esta parecía reírse de él.....
Blogloglogloglo.....Blogloglogló....
- Ahogada - le dije socarronamente - Está ahogada.
Miré el terror de sus ojos. La Luna se reflejaba agónicamente en un iris empantanado por la certeza de quien sabe que va a morir.
- Isis, madre de todos los demonios...
Quinta.... última advertencia.
Y salí corriendo de allí para ocultarme en una pequeña gruta que había entre las rocas. Mis enemigos estaban muy cerca.... podía olerlos, y mi velero bergantín, muy lejos...
Contuve la respiración cuanto pude y recé durante toda la noche para que no me encontraran.

Al amanecer, cuando supe que Vagainmundo seguía siendo un hombre afortunado, me santigüé de abajo arriba y de izquierda a derecha hasta dibujar seis cruces.
Y salí hacia la playa.
En la arena no había restos de ninguna batalla... Solo cuatro desafortunados cuerpos que, descabezados, bailaban al son de las olas.


He renegado en tantas ocasiones del placer que ya solo disfruto con el dolor.

Los incólumes ángeles blancos me han apresado en plena travesía mesetaria cuando me dirigía hacia la capital y me llevan hacia el purgatorio.
Unas correas de cuero me sujetan sobre la camilla mientras el gota a gota se balancea sobre mis ojos.
En la parte trasera de la ambulancia en la que viajo me acompañan tres adoradores de la cruz roja que, hipócritas, fingen preocuparse por mí.
No obstante, trato de sacar provecho de la obligada situación y disfruto de las diversas drogas que han emponzoñado la sangre de mis venas. Ya llegará la ocasión en que pueda abordar su irredenta bondad... en que pueda aprovechar las fisuras de su honesta perseverancia para poder regresar junto a los míos.
- Isis...
- ¿Quién es esa Isis? - dice la única mujer del grupo.
- Una diosa Egipcia - le responde un compañero.
La miro fijamente, sin parpadear.
Ella se da cuenta, pero lo disimula.
- ¿Y porqué la nombra continuamente?
- Es su madre...
- ¿Qué?
- El tipo es huérfano de madre y se ha inventado el rollo de Isis para suplir su falta.
- Curioso - dice ella.... por sus labios... sedosos.
- Puta - le susurro con cariño.
Un tanto ofendida, la mujer se acerca al gotero, abre un poco mas la espita del líquido, y un mar de sueño inunda todo mi cuerpo.
Maravilloso.
Es un buen momento para pelear con mis pesadillas:
Me arranco la camisa del cuerpo y delante de una imagen de la Virgen María empiezo a lacerar mi espalda hasta despertar a todos los vampiros sedientos de mi alma. El primero: mi padre, que veloz ha acudido a lamer los surcos que dibuja mi líquido vital.
- Hijo mío.... ¿En qué te has convertido?
- En tu peor imagen.
- Yo solo quería que fueras un vulgar ladronzuelo.
- Ellos no me han dejado.
- Ellos...
- Si, padre. Son Cristianos...
- Comprendo.
- Se inmiscuyen y abordan. Son conquistadores. Me han clasificado en el margen oscuro y quieren derrotarme.
- Ríndete, hijo.
- Ya me he rendido... Pero Isis no.... no deja que Vagainmundo desaparezca. Soy uno de los pocos que puede hacer resurgir la realidad... y un día, cuando nos reunamos...
Mi padre sonríe. Me fijo en las numerosas cicatrices que atraviesan su cara y me doy cuenta de que estoy hablando con un muerto.
- Adios padre.
Y la sonrisa de mi padre surge bajo el rostro de mi primer tutor... El tirano Dominico Aurelio que me adoptó como su criado.
- ¿Qué diantres haces miserable? ¿No tienes otra cosa que hacer?
Me encojo como un perrillo y espero a que me atice... pues siempre tengo la culpa.
- ¡Demonio! ¡Qué eres un demonio!
- Perdóneme...
- ¿Dónde está el queso y el pan? ¡Ya te los has comido, maldito!
- No... Pero....
- ¿Qué?
Y cuando se acerca, le beso la mejilla.
Recibo un guantazo que me arroja sobre las tablillas del suelo y susurro aquello que nunca quiere oír:
- Lo quiero... Yo lo amo padre Aurelio... Deseo mojarme con usted....
- ¡Cállate! ¡Demonio!
Y le enseño la carne de mi pene mientras susurra el nombre de su dios por encima de sus vetustas gafas.
- Fantástico - digo.
Y despierto en la ambulancia.
- ¿Qué es fantástico? - me pregunta el ángel que me cuida tras descuidar su lectura.
- Ser aborrecido por quien te ama.
Se queda un poco traspuesto con mis palabras y, quitándoles importancia, reanuda su viaje por las páginas de un estúpido libro.
- ¿Porqué tardamos tanto? - le pregunto.
- Están comiendo... Estamos en una estación de servicio y los demás están comiendo.
Sonrió. Mi ángel parece una buena persona.
Peor para él.
- ¿Podías ayudarme? - le digo educadamente.
- No - me responde con sequedad.
- Tengo llagas.... amigo...
- Ya te las curaran.
- ¿No sabes lo que es eso, verdad?
- Lo sé... pero cállese. Ya se las trataran en la clínica.
- ¿Clínica... ? Antes lo llamabais manicomio.
- Lo que tu quieras - me dice de mala gana.
Sin embargo, yo continuó hablando de mis llagas, de mis problemas estomacales.... incluso le cuento un chiste que le hace gracia.
- Si solo pudieras moverme un poquito - le digo finalmente.
El ángel suspira y niega mi petición con un cierto pesar.
Una lágrima recorre mi rostro hasta fundirse entre mis sucios cabellos.
Trato de hablar y no puedo.
- ¿Qué?
De repente me he quedado sin voz, completamente afónico.
Unos espasmos nerviosos sacuden mi cuerpo.
Se acerca y me agarra por los hombros. El movimiento es incontenible. La camilla está a punto de salirse de su sitio.
- Mierda - dice el ángel.
Y entonces, cuando está lo suficientemente cerca, le muerdo en el cuello con fuerza y un chorro de sangre caliente mancha mis labios.
El cerdo grita.
- Suéltame - le ordeno.
Y, despavorido, dando tumbos, sale corriendo de la ambulancia y deja las puertas traseras de la ambulancia abiertas.
Se que dispongo de muy pocos minutos.
- ¡Socorro! - grito -. ¡Socorro!
Un joven acude veloz a mi llamada.
- Ayúdeme.
- ¿Qué pasa? - pregunta extrañado, sin llegar a subirse a la ambulancia.
- Es una urgencia... Debe sacarme de aquí.
Duda. El joven duda demasiado y, cuando por fin accede al interior del vehículo, distingo las siluetas de los demás ángeles recortadas en el exterior.
Si hubiera dado con un niño... o con un anciano... quizás hubiera sido Vagainmundo otra vez.
- Lárgate capullo - le digo entonces al sorprendido joven.
Miró sonriente a mi ángel femenino, relamo la sangre que pinta mis labios, y espero tranquilo a que abra la espita de mis sueños.
- Venga puta, que tengo sueño.





El purgatorio es un lugar demasiado limpio. Todos los ángeles hacen hincapié en la limpieza y las únicas inmundicias que acabas mirando son los moradores del mismo: silenciosos policías que te espían desde la esquina, deportistas de élite que quiebran a los fantasmas, inquisidores de mil preguntas sin sentido, y peligrosos criminales que se esconden bajo la capa de la locura... Junto a ellos, pobres diablos de mirada encarnada a los que alguna enfermedad ha confinado lejos de sus familias.
Una pena, tanta inmundicia, tanta suciedad, pero los santos ángeles han puesto a nuestra disposición una jaula de oro en donde escondernos del resto de la humanidad y, con resignación, nos aprestamos para las curas.
De sobra saben que soy una buena persona. Apenas llevo aquí cien días y casi he borrado la mala imagen que provoqué el mismo día de mi ingreso, cuando mordí sin querer a aquel pobre ángel en la ambulancia. Los fármacos provocan toda clase de alucinaciones y yo mismo fui objeto de una de ellas...
- ¿Verdad, señor doctor?
- Claro, Eugenio, claro... Debes controlar tu alimentación y empezar con el deporte.
- ¿Me van a dejar salir al patio?
- Si....en el primer turno, a las diez de la mañana.
- Gracias, señor doctor. Dios se lo pague.
Y me levanto, ocultando una sonrisa...
Dios se lo pague, Dios se lo pague, Dios se lo pague....
Al salir de la consulta, un ángel me acompaña por los pasillos. Las visitas al jefe son todas guiadas y los demás enfermos me observan con curiosidad cada vez que hago tal viaje. Son conscientes de que escondo algo, aunque no saben que, y me miran de reojo. Vagainmundo es una gran incógnita dentro del purgatorio y, pobres diablos, sino me tuvieran tanto miedo, solo tendrían que preguntármelo.
- Bien-aventurado, el hombre que no anduvo en consejo de impíos, y en camino de pecadores no se paró, y en cátedra de pestilencia no se sentó.
- ¿Qué dices?
No le respondo. Es tan estúpido mi acompañante que no me merece el menor comentario.
Por la amplias cristaleras veo como las nubes ciñen el sol contra el cielo: los últimos avatares del invierno que luchan contra la llegada del buen tiempo, por lo que empiezo a calcular las posibles rutas de mi camino.
Me encierran en la cueva: una habitación acolchada y sin objetos; un lugar placentero para quien no tenga nada que hacer: silencioso, templado, con una luz tenue y amarilla que me convierte en el sano adorador de mi señora durante todas las horas del día.
Mi madre me visita continuamente. Está preocupada por mi tardanza entre los nuestros y no hace más que azuzar mi indolencia, reprochar mi falta de astucia al dejarme capturar por ellos....
Mi madre es muy buena, sabe como revolverme por dentro y hace que los resentimientos se desborden por encima de mis cabales... sino, como querría irme de este paraíso, de esta habitación acolchada en donde están convirtiéndome en un hombre.
No obstante, a la noche, apagan las luces y solo me oigo a mi mismo... el lento latido de mi corazón, el respirar profundo, y el miedo.... el pánico de saber quien soy. Por lo que solo me queda rezar.
Y ver.....
Un barco vikingo atravesando la niebla... Una sirena de ambulancia... Una mujer desnuda, corriendo... Un ejercito de muertos saliendo de una ciénaga....Todos mis enemigos rodeándome... El silencio, en el desierto...Y luego, una ciudad, repleta de vida, de hombres y mujeres esperando una respuesta que nunca llega, de almas en pena que se ahogan en la civilización cristiana... la maldita simiente que plantó Jesucristo en el mundo y que dividió a los hombres entre buenos y malos. El que puso el acento sobre el pecado, El que dio perspectiva del pasado, El que murió en la cruz para redimirnos de lo nuestro en pos de lo suyo: Un infierno terrenal hecho a su medida... repleto de ángeles que te señalan con el dedo:
- Ese es bueno, ese es malo, ese es bueno, ese es.... - susurran ellos, los que sujetan los pilares del cristianismo, el occidente magnánimo que se inmiscuye en la intimidad de las personas.
Y me hacen llorar. Su heredada terquedad me hace llorar.
- ...Os degollaré, os degollaré - susurro entre lágrimas.... -. Pronto.
Pronto.


Mis amigos están preparados. Son los habitantes del purgatorio y, aunque se comportan como si fueran mis siervos, prefiero considerarlos solo como amigos. Así, cuando los abandone, sufriré con gusto el dolor de mi traición.
Empezamos:
Beni es un gran actor y, sino fuera por una demencia paranoide que lo sume en una aguda esquizofrenia, estaría trabajando de titiritero en cualquier teatro. Le hago un simple gesto con la mano y cae fulminado en medio del patio.
Adan, el italiano, un repugnante violador al que le he prometido una joven virgencita, se acerca veloz junto a Beni y, alarmado, gritando como un poseso y de forma atronadora, dice que está muerto.
Por detrás, se produce un alboroto. Todos lamentan lo sucedido, echándose las manos a la cabeza.
Mientras, Dumbo se sube encima de Kubala, arrimándose contra la pared, y cubre la cámara de vigilancia del patio con una camiseta de los Sex Pistols. Después, saca del bolsillo un pequeño mechero que yo mismo le he robado al jefe y dirige la llama hacia el pitorro de un detector de humos situado en la misma entrada.
Salta la alarma.
A los dos minutos, tres ángeles y un guardia de seguridad pasan como un suspiro por mi lado y se dirigen hacia el centro del patio, en donde se encuentra Beni. Un segundo guardia se asoma desde la azotea, contemplando toda la escena con gran diligencia, comentando la situación por un teléfono móvil.
A lo lejos, se oyen las sirenas de los bomberos.
- Capullito - grito con mi voz mas aguda, mirando hacia el cielo... hacia las insinuantes y algodonosas nubes que lo decoran.
Beni escucha la clave que habíamos acordado, deja de hacer el muerto, y se levanta como si nada, sacudiéndose las hierbas secas del pantalón y como si unos segundos antes estuviera echando una siesta, tranquilamente.
Los tres ángeles y el guardia se ven sorprendidos por lo que acaba de hacer Beni y, tras la estupefacción inicial, sonríen sin mucha gracia, su tensión se relaja hasta hacerles bajar la guardia y, sin darse mucha cuenta de lo que sucede, mientras aun desaprueban la actitud de Beni, se encuentran completamente rodeados.
- Ahora - digo.
Y los quince o dieciseis enfermos mentales a los que he embaucado con mis patrañas se desinhiben de todos sus complejos y, como si fuera una cura en una sesión de psicoterapia, empiezan a golpear a sus carceleros con saña, resarciéndose quizás de los malos tragos que les han hecho pasar.
- Baje por favor. Los van a matar - le digo entonces al guardia de la terraza, con un tono apremiante, para que no piense demasiado, pues no vaya a ser que por su cabeza se cruce una idea lúcida, precavida.
Y el muy idiota baja, atraviesa la puerta como un cohete y se topa conmigo.
- Estás muerto - le digo un segundo antes de confirmar mis dos palabras.
Gracilmente, le rompo el cuello, sin que apenas se dea cuenta, y anoto tal detalle en mi cabeza, como si fuera un favor personal mientras cae... muerto.
Un poco más adelante, los tres ángeles y el guardia reposan sin sentido sobre la hierba del patio. Mis amigos tienen más decisión de lo que piensa el jefe y así me lo han demostrado. Estoy verdaderamente orgulloso de todos ellos, de la asquerosa inmundicia que representan allí unidos.
- Desnudad a ese - le digo a Dumbo y a Kubala, señalando a uno de los ángeles caidos que, mas o menos, tiene mi misma estatura.
Cinco minutos después, cuando entran los bomberos en el recinto, yo personalmente, con mis ropas de ángel, les abro un par de puertas y les señalo el posible lugar del inexistente incendio.
El jefe, el gran doctor, contempla todo el ajetreo desde su despacho y no se siquiera si responde al saludo que le lanzo desde el aparcamiento del purgatorio antes de subirme al volante de una furgoneta de la cruz roja.... seguro que no: Es un hombre muy atareado, quizás muy poco dado a las despedidas.
Evidentemente, no me he acordado de que me firmaran el alta, aunque estoy complentamente seguro que de allí salgo recuperado del todo, completamente rehabilitado, y supongo que eso es lo único importante.
- Isis....

Los vientos me son favorables.
He estado fuera de este país durante seis largos meses, disfrutando de las peculiaridades de los seguidores de Alá, envíando a alguno que otro a disfrutar de su erótico harén celestial, y mostrando al desierto cuan desagradable puede ser la recia pisada de un demonio.
Aunque no es empeño de mi voluntad regresar a la tierra de mi padre y empezaba a integrarme en la sociedad de los almuedanos, la llamada de quien dirige mi destino me hizo cruzar el estrecho de Gibraltar y desembarcar a la postre entre los hijos de esa prostituta llamada Europa.
Mi aspecto es ahora saludable. Dispongo de una piel tan curtida como la del buey y mi cabello es largo y seco, a prueba de cualquier picadura de insecto. Mi rostro vuelve a asemejarse al de mi difunto progenitor y los pulcros hombres occidentales, quizás por mi buen olor, se sienten incómodos a mi lado.
Todo sigue igual, o parecido, por lo que, a pesar de Alá, ya siento nostalgia de todo lo que queda detrás de mi, en la inagotable tierra amarilla de la madre Africa.
Aquí hay más alfalto sobre los caminos, más vehículos sobre el asfalto, y el movimiento es una exagerada ley de obligado cumplimiento
- ¿Te acerco?
Lo miro. Es un hombre de mediana edad, con un rostro bonachón que irradia una cierta alegría en sus sonrosadas y prominentes mejillas.
- ¿A donde vas?
Yo no le he pedido nada, ni siquiera hacía de autoestopista. Sin embargo, ha detenido su camión del reparto a mi lado.
Me subo.
- ¿De donde eres? - pregunta.
En el interior suena una ópera; no logro distinguir cual... y apagó la radio o le bajo la voz, no se; pongo las sudorosas botas llenas de polvo encima de la guantera del salpicadero, echo el sombrero encima de mis cansados ojos, y me dispongo a descansar.
- ¡Oiga...
Y duermo, a pesar de su airada protesta, con ganas.
- Oiga - me sacude el hombre una hora mas tarde.
Y me despierto.
- Hasta aquí llego por hoy, amigo. Debe bajarse - me dice diligentemente, con suavidad, sin apurarme.
Lo contemplo por el rabillo del ojo, sin asustarlo demasiado, y veo como una gota de sudor le resbala desde la frente hasta la rolliza papada.
- ¿Qué reparte? - le pregunto.
- Patatas.
- ¿Nada más?
- Llevo un par de sacos de pan para la tienda del pueblo.
- Pan y patatas - me digo en voz alta.
- Si quiere... coja una barra - me dice el hombre, que está deseando que me baje y, seguramente, jurando y perjurando por sus adentros que no le va a parar a nadie nunca mas.
- Gracias - le digo -. Es usted muy amable.
Y tras coger una barra de pan tan gruesa como el brazo de un hombre, me bajo, le extiendo la mano al buen hombre y se la estrecho como caballero que soy.
- Sálvese - le digo desde el arcén del camino.
- Claro - me responde al mismo tiempo en que le da un buen acelerón a su vehículo.
Pan y patatas, pan y patatas, pan y patatas...
El camino es largo y duro, y no hay como un buen estribillo para suavizar el recorrido.
Miró hacia la sierra montañosa que viste el norte y cojo un sendero que, zizagueante, se dirige hacia ella. Se que los ángeles no gustan de la naturaleza salvaje y, si tengo suerte, podré reunirme con alguno de los míos. Mientras, arranco la miga del interior de la barra y me como la corteza sobrante a la salud de todos cuantos por mi se han marchado de este mundo.
Siento una extraña felicidad al caminar por entre las zarzas y empiezo a presentir sucesos futuros que me rediman de la agónica soledad en la que vivo.
Necesito de alguien a mi lado. Quizás una mujer sin demasiados escrúpulos, una mala arpía que sonría por la mañana mientras sujeta una daga entre los dientes... una mujer que comprenda la situación en que me encuentro y que, como yo, adore a mi madre... En fin, una de las mías, capaz de verter la sangre por encima de cualquier inocente antes de fornicar con cualquier demonio.
En fin...
Al caer la noche se me agudizan los sentidos. Mi alma es nocturna desde que era un crío, cuando vivía con el tirano Dominico Aurelio, y disfruto como las alimañas del manto oscuro y protector.
Por eso, cerca de un risco empinado y rocoso, olisqueo una extraña presencia en el ambiente y dejo que mis instintos me guíen hasta dicha anormalidad.
Se trata de un campamento. Una extraña tribu urbana que no se como catalogar hace sonar sus istrumentos alrededor de una hoguera y, entre gritos y sonrisas, beben exageradamente de dos o tres botellas. El calor los invita a estar desnudos y, desde el parapeto en donde me coloco, contemplo maravillado los dibujos que estampaban la piel de esos individuos: Cruces diábolicas apoyadas sobre dos puntos, los seises del diablo pintados de rojo, espinas que rodean los biceps de los hombres, serpientes que reptan por los torsos de una mujer.... y en los brazos, en el cuello, y como adornos de todos ellos, colmillos atravesados por un cuero sin curtir... Se trata sin duda de auténticos apócrifos de la civilización, renegados como yo de la sociedad, y solo me falta saber si son de los míos.




Son ocho. Están borrachos. Uno de ellos no se tiene en pie y, tras alcanzar la verticalidad, cae de nuevo al suelo. Tres son mujeres, y las tres son bellas. Tienen instaladas dos tiendas de campaña y de una a otra han tirado un cable para tender sus trapos. Los macutos, cantimploras, y demás enseres, se apoyan contra una balsa neumática que está medio desinchada, dada de vuelta sobre la hierba. Clavados en un cepo, un par de machetes, y encima del mismo cepo, una pequeña pistola que parece de aire comprimido.
Están muy confiados y en fiesta y, si son de los míos, no se si mereceran mi saludo. De todas formas, después del recato y del pudor africano, se me van los ojos hacia los pechos de las tres mujeres y acabo bajando los pantalones.... Encuentro el bicho entre las piernas y, poco a poco, empiezo a estrujarlo con la mano. Tarda un buen rato en endurecerse pero, cuando se empina, pierdo noción de donde estoy y empiezo a caminar hacia el campamento como un sonámbulo.
Supongo que asusto a los presentes y, cuando salgo del trance, después de mojar la tierra con mi semen, me veo rodeado por los machos de la pequeña tribu.
- ¡Es un puto vagabundo! - dice uno de ellos.
La simple descripción de lo que soy por parte del que ha hablado parece tranquilizar a todos los demás y una de las chicas incluso suelta una risita.
- ¡Se la estaba meneando el hijo de la gran puta!
- Señores, tengan piedad de este pobre hombre - digo con mi voz trágica, la que utilizan los niños para disculparse.
- Dejad que se vaya - oigo por detrás de mi de una de las féminas.
Me vuelvo. Es toda una hembra, de grandes mamas y amplias caderas. Tiene la cabeza afeitada y la cara llena de remaches.
- Gracias señora - digo anticipándome a cualquier decisión, dando por buenas sus palabras, y echando a andar.
- Eh - me gritan los demás, obligando a detener mi marcha.
- ¡Quieto ahí gusano!
Quizas acaban de sentenciarse.
Me miro las palmas de las manos y las elevo hacia el cielo, realizando una ofrenda espiritual.
No obstante, no tengo aun muy clara la decisión; si mandarlos al infierno directamente o estudiar antes su atrevimiento.
Finalmente, pospongo el derramamiento de sangre para mas adelante.
- ¿Qué quereis? - pregunto amenazante, susurrando entre los dientes y alzando el mentón como si este fuese un baluarte.
No recibo una respuesta... inmediata. Extrañados por mi nueva aptitud, desafiante, se impone el silencio en el grupo. Contemplo sus rostros, alterados por el reflejo de las llamas, y veo que son más jóvenes de lo que creía, con ropas que solo disfrazan sus cuerpos.
- ¿Qué quereis? - repito divertido, dando un paso hacia adelante, hacia ellos.
Las brasas, crepitando donde la hoguera.
- Puede contarnos una historia - dice la chica sin pelo, inteligentemente, rompiendo el silencio y un poco nerviosa.
Me gusta. Esa chica me gusta.
- ¿Cómo te llamas? - le pregunto.
- Irene - me responde, bajando la mirada... su tierna mirada.
- Paz - musito.
Me acerco a su lado y noto una cierta tensión en el resto del grupo. Quizás alguno tiene demasiada prisa en morir.
- ¿Qué quieres que te cuente, Irene?
- ¿De donde vienes... donde has estado?
Coloco los dedos índice y corazón delante de mi cara y, como si fuera a pasar la página de un periódico, mojo ambas llemas con la punta de la lengua, cruzo las piernas como un alfeñique, tal si fuera un muñeco arlequín, y me siento en el suelo sobre mis posaderas.
- Sentaos - ordeno.
Y obedecen... Alguno entre risas y alguno, debido a cuanto licor llevaba ingerido, con gran pesadez. Ella, Irene, sin embargo, suspira, como si supiese que su vida se acaba de alargar cuando menos unos minutos.
Empiezo:
- Cristo, redentor de todos los pecados, causante del mal. Cristo: el problema, la enfermedad, el fin de la humanidad y de todos sus individuos... Un faro situado al borde del abismo, embelesando la historia con la piedad, y plantando su simiente en occidente para extenderla de norte a sur y de este a oeste. Cautivador del destino... Vosotros sois la prueba: mismos miedos, mismos deseos, mismos sentimientos de culpa o remordimientos. Una conciencia única clavada con la cruz de ese impostor.
Los miro. Veo que escuchan mis palabras, aunque no creo que las comprendan.
- Isis, madre de todos los demonios, creadora del infierno y de todas sus puertas... Si pudiérais ver lo que yo veo: un mundo encadenado, rígido, yermo de hombres y mujeres, que viven como autómatas... vidas enteras desperdiciadas en pos de la nada... Si pudiérais ver lo que yo veo, mancharíais la tierra con la sangre liberadora de vuestros prójimos hasta empantanar el mundo de dolor... el dolor redentor de todas las miserias.
Me levanto. Los miro, uno a uno, y me miran.
No merecen morir. Son tan jóvenes y han sido tan educados conmigo.
Sin embargo, me puede el deber. Saco la catana de la mochila y le rebano el cuello a los dos jóvenes que considero mas enteros... de hombría, también de sobriedad.
Dos menos.
Aullo como un lobo, se produce el alboroto, sucede el despertar, y una de las chicas grita histéricamente... por poco tiempo.
Quedan cinco.
Y así, de un modo extremadamente sencillo, despueblo la pequeña tribu. El miedo, el alcohol, y la sorpresa, paralizan cualquier reacción defensiva por su parte y apenas tengo oposición o lucha.
No obstante, cuando no escucho otro aliento que el mío, hago un rápido repaso visual sobre los cadáveres allí amontonados y caigo en la cuenta de que me falta uno... él de Irene.
- Bonita, bonita, bonita - le susurro a la Luna, ahora como un lobezno.
Me fijo en el cepo y veo que falta uno de los machetes.
Sonrío. Mas que preocupado, me siento bien, muy bien, complacido por su intrépida evasión
- Bonita, bonita, bonita. Auuuuuuuu.....Ven con papaito, ven bonita.


El bosque es un punto de origen primigenio, el lugar ancestral. Enaltecidos, los sentidos renacen de su adormilado letargo y por eso los cristianos huyen de tanta espesura, buscando luz, grandes claros en donde ninguna sombra amilana sus almas temerosas... cobardes.
El bosque es mi amigo, por lo que, enfundado con la tranquilidad que me inspira su compañía, decido dar una oportunidad a la superviviente, a Irene: Con los ojos cerrados, me coloco enfrente a la hoguera, orino sobre la misma, y espero allí mismo, a que sea valiente y atrevida. A la luz de la lumbre, me convierto en un blanco perfecto: si ella está cerca, no va a tener otra oportunidad igual para clavarme el machete. Mientras tanto, recorro en mi imaginación su insinuante figura, la suavidad de la blanca piel desnuda; cuento sus curvas, sus gestos, todos los remaches que atraviesan su rostro, y percibo el miedo irracional que debe estar padeciendo, sabiéndose muy cerca de un demonio, desamparada en medio de la nada y con la imagen de sus difuntos amigos plasmada en rojo sobre su retina.
Con la ceniza aun húmeda por la orina, pinto tres cruces en mi cara: una en cada mejilla y otra, un poco más grande, en la cara. Miro al cielo y atisbo la llegada de un nuevo amanecer en el incipiente resplandor del horizonte.
Me dispongo pues para la captura.
Ella tiene dos posibilidades evidentes: O ascender por las abruptas rocas de la sierra, en cuyo caso, indefectiblemente, acabará en mis manos; o elegir el camino del descenso por donde yo mismo he llegado, hacia la meseta: un lugar despoblado de vegetación y en donde su bonita figura sería lo más destacable en varios kilómetros a la redonda.
Puede, también, quedarse quieta, intentando pasar desapercibida entre unos matorrales y esperando que, hastiado, abandone su busqueda... Pero no es tan tonta, o eso creo: Irene captó desde el primer momento el brillo de mis ojos y por nada del mundo quiere estar cerca de Vagainmundo... Por nada.
No obstante, de repente, hay algo que no me cuadra, que no coincide con todo lo que llevo articulado en torno a la huida de Irene... Me fijo en la balsa medio desinflada que tengo delante y...
Grito como un animal.
Amanece.
Maldita mi estampa.
Subo por la empinada ladera de un cúmulo rocoso, apurando el paso y dejando abajo, muy abajo, el desolado campamento en donde he pasado la noche. Debo llegar cuanto antes a la cumbre, cuanto antes, y no dejo ni un respiro entre las profundas bocanadas de aire que, con su fuerza, hieren mis pulmones.
Así, cuando estoy en lo mas alto, me arrodillo sobre el granito del suelo y miro hacia el horizonte:
A mi pesar, veo un río en la lotananza.
Me humillo mil veces y de mil maneras por la estúpida confianza de la que he sido cautivo durante la noche y caigo en la cuenta de que esa astuta mujer se me puede ir de las manos. He perdido unas horas valiosas regocijándome de mi superioridad y el río, raudo y veloz, desliza sus aguas lejos... lejos de mi.





Estoy cerca. Lo presiento. Estoy cerca de tí... Irene.
Han pasado dos años desde el día en que te conocí, allá en medio de la verde naturaleza, cuando estabas con tus amigos junto al caudaloso río por el que lograste evadirte de mí.
Fuiste una chica lista, muy lista, y tuve que huir luego, antes de que llegaran los malvados guardianes de la ley quizás por tierra y por aire, no los llegué a ver, y antes de ser atrapado como una miserable alimaña.
Busqué refugio entre la humanidad... ¿Dónde sino se podía ocultar mejor Vagainmundo? ¿Donde sino en la capital de España, entre personajes tan grotescos y extraordinarios como yo... por el metro, por los sucios suburbios de las afueras, junto al gran basurero municipal...?
Pero ahora estoy cerca.
Antes de huir del campamento en donde te conocí, tuve la paciencia necesaria para registrar las pertenencias de los muchachos y obtuve como un gran regalo el documento nacional de identidad... de ti, querida Irene.
Así, desde hace dos años habitas entre mis pesadillas y, según pasa el tiempo, mirando ese DNI, tus ojos me miran miserablemente, de forma obsesiva, pidiéndome a gritos que te aniquile de una puñetera vez. Menos mal que suelo hacer bien los deberes y ya estoy en el pueblo en el que nacistes Irene: Se llama Piedrahita y pertenece a la provincia de Avila. Tiene cuatro o cinco mil habitantes, está situado junto a la sierra de Gredos, y en esta época del año, época de semana santa, tan cristiana y devota por la resurreción de Cristo, el pueblo se llena con todos los parientes venidos, como yo, de Madrid.
Son las doce de la noche.
- ¿La casa de los Silva? - le pregunto al tabernero.
Este me mira de reojo, desconfiado.
- Vengo a trabajar para ellos - explico.
- Aquí hay muchos Silva, señor. Además... - me señala el oscuro exterior, y añade -: Es muy tarde para presentarse en casa de nadie.
Eres idiota, pienso, aunque no te lo digo.
- ¿Lorenzo Silva? - pregunto de nuevo, acordándome del nombre del padre de Irene.
Un cliente que está a mi lado, tomando un vaso de vino con gaseosa, detiene el vidrio en el aire y me dice:
- ¿ El Lorenzo... el encargado de la finca de la Diócesis?
Asiento, aunque no estoy seguro.
- ¿Y vienes a trabajar en esa finca?
Asiento de nuevo.
- Trabajo hay.... joer... si hay... Pues aun te queda un buen rato hasta allí.
- ¿Luego?
- La finca está pegada a Zaperdiel de la Cañada, a unos doce o trece kilómetros de aqui.
- ¿Hacia Avila?
- No, pal norte. Hacia Peñaranda de Bracamonte.
- Gracias - digo solemnemente, quitando el sombrero de la cabeza, y saliendo de la ajetreada tarbena en la que me encuentro.

Dos horas de caminata después entro en un pequeño pueblo. Carece de alumbrado público, las casas son en mayoría de planta baja, y sus habitantes dormitan tranquilamente. A la entrada misma del pueblo me siento sobre una roca desnuda, contemplo el firmamento, y veo tu rostro, madre, dibujado en las estrellas. Estás tan satisfecha de mi persistencia, brillas tanto esta noche, que por seguro esperas que, en sacrificio, te ofrezca hasta la última gota de sangre de esa chica.

Amanece. Es la hora.
Sin embargo, noto algo extraño. No oigo ruido alguno, y hasta en las cuardras, el ganado permanece en silencio. Golpeo suavemente sobre una vieja puerta de madera y nadie me responde. Repito lo mismo en la siguiente casa.... y nada.... y en la siguiente.... nada. Una gastada puerta de aluminio, decorada con una docena de pegatinas de las diferentes marcas de helados, de pipas, de golosinas, me dice que estoy ante la tienda-taberna del pueblo. Empujo la puerta, pero no, también está cerrada.
Empiezo a desconfiar.
Recorro las empedradas calles del pueblo, algunas de auténtica roca viva, y entro en la plaza principal del pueblo, situada junto a la Iglesia.
Miro a mi alrededor, y tiemblo.
Un ligero sonido, apenas perceptible, comienza a resonar por entre las calles que confluyen hacia la plaza en la que me encuentro. Es como un retemblar, ligero, muy tenue, pero que va aumentando en intensidad.
De repente, apareces tú.
¿Qué está pasando?
Apareces vestida con un simple camisón, un camisón largo, blanco, rasgado a la altura de tus costillas.
Irene.
Y detrás, golpeando unos bastones, golpeando los mangos de las azadas, de los aperos de la labranza, contra la dura roca del suelo, aparecen hombres, mujeres, ancianos y niños. Golpean una y otra vez en el suelo y se acercan a la plaza, por todo mi derredor,en muchedumbre. Golpean y golpean. De sus cuellos prenden unas largas cadenas y van descalzos.
Al frente de todos ellos, un viejo cura sin crucifijo porta en sus brazos el cuerpo de un cordero muerto y degollado.
Caigo en la cuenta de que me estabais esperando, que no estoy en una procesión de semana santa, y se que estoy llegando al fin.
En vuestros ojos, tan tranquilos, solo veo una determinación:
Enviarme al infierno.
Me veo rodeado. Saco la catana de la mochila y, antes de que ésta atraviese cuerpo alguno, recibo mil bastonazos.....

Cuando recupero el sentido veo el atardecer: enrojecido, fugaz, demasiado rápido.
Miro hacia el suelo, hacia mis pies sangrientos, y te veo querida Irene.
- Hola - digo.
- Hola - me respondes.
Sonrío. Sonrío desde la cruz en la que me han clavado. Sonrío, y tu compartes mi sonrisa.
- Por fin.... Por fin te encuentro - digo, con la voz quebrada por la emoción.
- Si.
- Pensé que nunca os encontraría.... Sois de los míos.... Sois los míos.
- Bienvenido - me dices, con dulzura.
Soy feliz. Por fin estoy entre los míos.
Coges una hoz, apoyas el filo de su aguda punta en la boca de mi vientre, y clavas con fuerza.
Siento el frío metal en mi interior.
Tiras de la hoz hacia abajo y abres mi barriga en dos, despanzurrando mis entrañas con violencia y hasta que estas, sin sujección alguna, caen en el sucio suelo, junto a la base de la cruz.
Miro al cielo, noto ya que me sobra todo el aliento, y recito tu nombre por última vez:
- Isis, madre de todos los demonios....



Fin....

domingo, abril 20, 2008

El mensajero de Venecia


Disculpen mi mala letra; esos borrones que se disipan por toda la página, e incluso la torcida horizontalidad de los renglones…. Disculpen. Pero no puedo sino escribir desde la grupa de mi caballo y no siempre el pulso de mi mano se acompasa con él de la bestia que me traslada. Llevo varias semanas persiguiendo el amanecer y quizás lo persiga durante el resto de mi vida.
Y todo por culpa de unas palabras, de un escrito que quizás nunca debí leer, pues en tan curiosa hora se me ocurrió echar por tierra mí trabajo al posar mis ojos sobre el canto de una sirena:
Yo era un hombre feliz, afortunado con la cómoda dicha que me había tocado vivir. Y aunque era un simple mozo al servicio del Archiduque de Venecia, destinado en el correo entre los distintos estados de Italia, mi juventud y gallardía, y los cuatro ducados que portaba, me hacían sentir como un príncipe viajero cada vez que entraba bajo los arcos de una posada o de un palacio. Las criadas estaban pendientes de mis largas zancadas, de mi ligero porte reverencial, o de mi voz juvenil anunciando el correo, y no tenía ninguna otra ambición que superase tan pequeñas idolatrías, por lo que, con eso, con la mirada atenta de las muchachas y con una buena cama donde echar a descansar mi osamenta, era suficiente para mí.
No obstante, mi duquesa, la señora Enriqueta, la más bella de las princesas de Palermo, enfermó repentinamente de la cabeza, o eso me dijeron, y se le dio por escribir cartas de amor…. Docenas de misivas de amor dirigidas hacia un destino que aun hoy desconozco.
Evidentemente, Andrea, el archiduque, no consintió que ni una de esas cartas saliese de palacio, dando una orden estricta al respeto a todos sus vasallos, y el problema pareció zanjado con tal precaución. Y digo pareció, porque al cabo de unos días la duquesa se hizo con una excelente compra de cristallos, de vidrio Lombardo, mucho mejor incluso que el que provenía de la isla de Murano, y cuando todos creíamos que aquella cristalería descansaría junto el gran capital de la señora, donde los metales y las telas, ésta empezó a utilizar los recipientes de cristal como si fueran los mensajeros de sus cartas, tirando dichos recipientes sobre las suaves olas del mar de Venecia y a modo de pequeños barcos que navegaban sin destino desde la vera de palacio.
Cuando el duque se enteró de tal faena, siendo consciente de que le iba a ser muy difícil frenar la astucia y las argucias de su mujer, consideró que no debía reprenderla ni con palabras ni con hechos y me encargó la extraña tarea de recuperar todas cuantas botellas tirase su esposa a las mojadas fauces del mar. Así pues, puse mis cinco sentidos sobre tal tarea y a veces, la mayoría, logré recuperar las cartas con una gran facilidad. Mi señora solía lanzar la botella cuando oscurecía, se quedaba un rato contemplando como ésta se alejaba de palacio y, cuando la perdía de vista, se retiraba a sus aposentos. Yo salía entonces con mi caballo, como si fuera a repartir el correo, y en el otro lado de la ensenada, antes incluso de que la botella cruzare el puente de San Bartolomé, solía encontrar el pequeño objeto marino. No obstante, con la luna llena, las mareas eran mucho más grandes, con corrientes raudas y veloces, y alguna que otra botella se perdía por boca de la ensenada tras cruzar el puente, por lo que mi caballo y yo nos debíamos emplear a fondo por las playas colindantes de la costa, en ocasiones durante todo el día, en ocasiones incluso durante dos. Pero cumplía con mi trabajo y rara era la semana en que no llevase una botella a las manos de mi señor, el archiduque de Venecia.
Ahora bien, cierto día en que las mareas y el viento lograron alejar mi trabajo a varias millas de palacio, ocurrió algo que cambió mi destino: Al alba, desde primeras horas de la mañana, perseguí con la vista y a lomos de mi caballo el pequeño recipiente de cristal, y aunque a veces parecía venir hacia mí, hacia la orilla de la playa, al final acababa alejándose hacia la línea del horizonte y volvía a subirme al caballo para tener una mejor visión de lo que allí buscaba. Nunca hasta ese día había perdido una botella y pensé que quizás esa iba a ser mi primera vez. Era lo normal… que sucediera tal menester, que se alejara por en medio del mar y que ni mi vista ni la de mi caballo volvieran a ver el brillo destellante del dichoso vidrio. No obstante, ese contratiempo no tuvo lugar ese día, ni ningún otro. La botella acabó en medio de unas rocas, golpeando su panza contra los oscuros mejillones que vivían apostados a ambos lados de una pequeña grieta, y yo subí y baje por los resbaladizos peñascos del acantilado hasta llegar junto a las espumosas olas que abatían la botella y la carta que ésta llevaba dentro.
Jugándome la vida, con más suerte que pericia, logré hacerme con el objeto, y cuando salí de la encrespada orilla rocosa, rascado en piernas y brazos y húmedo como un pescado, resbalé como un idiota sobre un pequeño montón de algas y la botella fue a caer justo encima de la única piedra que había en esa esquina de la playa.
Crasss…
Rompió. La botella rompió en cuatro o cinco pedazos y el pergamino, enrollado sobre sí mismo, perdió el sello de cera que lo sujetaba y el papel se abrió para regocijo del viento que con fuerza soplaba, por lo que tuve que correr como un diablo, subir y bajar por las dunas de la playa, atravesar junqueras, barrizales, y pequeñas pozas repletas de verdín y de ranas, y hasta llegar junto a una enorme higuera que, como un guardia celestial, detuvo el papel entre sus hojas antes de que se perdiera en los confines del mundo conocido.
Empapado otra vez, pero de sudor, conseguí hacerme con el papel, y me derrumbé a los pies del majestuoso árbol perdiendo incluso el sentido y la conciencia, y mi caballo, que vino detrás de mi y que debía pensar que estaba un poco loco, me dio unos lengüetazos en el rostro y acabó por despertarme unos minutos después.
Así, abrí los ojos, sentí el papel que mi mano apretaba sobre el pecho sudoroso y, distraído por mi azarosa peripecia, me atreví a leer lo que ponía la tinta negra del pergamino:

Que tristeza me embarga
Ante el conocimiento perpetuo
De que quien vive bajo tu sombra
De convivir ha siempre con la negrura….

No era una carta de amor, sino de desesperanza. Aquellas palabras, tan amargas, encogieron mi corazón y mi alma.
Mi señora, mi bella señora, gritaba su desamor desde su hogar y nadie la escuchaba.
Seguí leyendo, contagiándome del espíritu que la mala suerte se había ocupado de romper contra una pequeña piedra. Cada estrofa era más bella, y a la vez más terrible. Me di cuenta de que quizás yo era el primero en leer tales lamentos y no pude reprimir una sentida lágrima.
Volví a leer de nuevo toda la carta, todo el contenido…
Y volví a hacerlo, como si no pudiera despegar mis ojos de aquellas letras y hasta que aprendí el mensaje de memoria, tiñéndome con toda aquella amargura. Por primera vez en mi vida no me sentí satisfecho con el trabajo, pues era un fiel colaborador de tal desesperanza, responsable también de su dolor, y como embargado por el embrujo de un profundo desahogo me decidí por buscar un tesoro de luz y color para mi señora….
Es un decir… por supuesto. Ahora bien, gracias a aquella lectura abandoné mi trabajo en palacio, pues jamás de los jamases habría podido retener otra botella más, y me dediqué a otros menesteres menos sencillos en la ruta de la seda con Nicolás Polo, mi padre, y con mi tío Mateo… Buscando, quizás, un tesoro de luz y color.

lunes, marzo 24, 2008

El cobrador

Soy un cobrador.
Si. Ese... ese soy yo.
Cada vez que estás entusiasmado, cuando por fin crees que lo has conseguido, y la emoción te embarga todos los sentidos, ahí surjo yo: el cobrador, el tipo que va a poner las cosas en su sitio, en su justo lugar.
Soy el encargado de que nadie despiste a la reina monotonía;la línea gris y sempiterna que hace que nazcan las arrugas de tu cara; el frío gélido y aséptico de la desilusión.
Porque el mundo es tal porque existe un equilibrio, un estar, un tic-tac. El mundo es tal porque estoy yo, el cobrador, el susurrador de los desencantos, el que dice que eso no tiene gracia, el que te dice lo feo e inútil que eres, el espejo de las desgracias, la fuente de las lágrimas, el equilibrista de los sentimientos mas exhacerbados...
El cobrador.
Sin mi, todo sería un caos. Un mundo repleto de soñadores, carcajadas constantes y sonoras, una droga sin fin... Un mundo lleno de lelos, de idiotas, de alegría superflua y sin contenido.
Pero sin mi nada funciona, nada. Así, cada vez que te subes a la cima del mundo, cada vez que crees ver la felicidad, cada vez que sientes la alegría, estoy yo para recordarte que ya se acaba, que ya está bien de tonterías, que ya has perdido la vez y te toca pagar, vaciar tus bolsillos de tanta maravilla e insuflarte con el aire viciado de la rutina.
Gracias... ya volveré.
Porque yo soy ese. Yo soy el cobrador.

jueves, septiembre 27, 2007

Habitación 1437


Siete insanos días me han tenido al borde de la muerte:
Tras sufrir un aparatoso accidente de automóvil a doscientos kilómetros por hora, el primero de los días me costó las dos piernas, un bazo, siete costillas rotas, y la visión de mi ojo derecho. El parte médico decía muchas cosas más, pero también había perdido algo de memoria al respecto… o quizás, seguro, me resistía a acordarme de nada.
El segundo día, en la sala de recuperación, fue peor, pues desperté ungido de dolor, entre vómitos sangrientos, y apretado por mil vendas sudorosas. Quería escapar de mí pero me era imposible. Estaba prendido de cuanta astilla rota había, de cuanta deforme inflamación había, de cuanto, cuantísimo, dolor.
El tercero me fui de compras…. Me compré un poco de aliento para seguir respirando, un poco de saliva para enjuagar y sentir la boca. Y comprobé que aun sabía llorar, y gritar como nunca pensé que lo haría.
El cuarto, el cuarto ni siquiera me desperté…. Mejor así. Mejor.
El quinto si, el quinto desperté y le dije a la enfermera que me matara. Se lo dije en serio y me soltó por su boca algo similar al cencerro de un burro en una galería de colores: una sonrisa estúpida y exagerada que daba cuenta de su falta de piedad. Yo, de poder hacerlo, si que la habría matado. Si. Doy fe de ello.
El sexto día fue el día de las visitas. Pero tenía la agenda llena y no pude atender a nadie. Que pena. Ni a papa, ni a mama, ni a Irene, ni a Raquel, ni a Benito, ni a Dios, ni a Jesucristo y todos sus ángeles.
Finalmente, hoy, el séptimo día, me he salido del borde de la muerte.
Si, a un lado estaba la muerte y a otro lado estaba yo: deseosos los dos por bailar, por estrellar nuestros labios en un apasionado gozo de amor en la noche definitiva, en la larga noche sin límite, sin alba.
Y si tengo que decir la verdad, ya no se muy bien quien estaba en el borde: Si ella, con su largo vestido blanco, sus ojos oscuros y profundos; o yo, dubitativo ante su ver, ante su postura altiva y cautivadora.
No se porqué no sucedió lo previsto. Quizás fue la música. Porque yo estaba decidido. Me habría dejado morir entre sus brazos sin dudarlo ni un segundo. Me habría dejado morir en la profunda oscuridad de su sexo. Pero me dilaté en la espera y la canción feneció en si misma, alejándose en el silencio....
Así, cuando una nueva canción sonó en la pista, ella ya bailaba con otro, ciñéndose los dos en el arrumaco mas apasionado que contempló hombre alguno... fiesta, fanfarria, y pasión... y una punzada de dolor y de celos que me hirió con fuerza bajo mis costillas rotas, doblándome como un alfeñique en las manos de un gigante.
Mi compañero de habitación, otro desgraciado como yo, murió en ese mismo instante, tensando sus magullados músculos por última vez, y yo me alejé....
Me alejé del borde de la muerte, allí presente, a dos baldosas de mí, en la otra cama, dibujado en la sonrisa tranquila de mi compañero de habitación.
Que suerte…
- Habitación 1437.
- Si.
- Mi compañero…. No se… Algo le pasa.
- Ahora mismo vamos.

domingo, septiembre 02, 2007

Patriota


Era el día indicado, el día que había estado esperando, y que aparecía marcado en rojo en todos los calendarios de la casa.
Me levanté de la cama y tiré de la persiana hasta inundar de luz la habitación. Mis ojos, doloridos por la repentina exposición a la claridad, se encogieron con fastidio. Miré hacia el pequeño despertador y supe que eran las nueve de la mañana. Buena hora. Hinché los pulmones con fuerza, recordando todo cuanto debía hacer ese día, y me fui por el pasillo adelante, hacia el baño, en donde una ducha de agua fría acabó de espabilarme.
Me hice el desayuno: un simple café oscuro y sin azúcar, y puse un poco de música para ambientarme: una melodía irlandesa, gaitera y alegre, con ciertas reminiscencias épicas: un eco sonoro de lo que yo mismo debía hacer.
En el ropero, entre la media docena de perchas del colgador, encontré mi uniforme: un pantalón vaquero al que le había arrancado la etiqueta de la marca y un polo azul claro manchado de sangre a la altura de mi pecho. La sangre de mí querida Enriqueta.
Mierda.
Una inoportuna lágrima se deslizó por mi mejilla hasta perderse entre los retorcidas líneas de los dibujos de una pequeña alfombrilla.
Mierda.
No, no debía ponerme triste, el recuerdo de Enriqueta no debía entorpecer mi determinado propósito, pues ese era el día indicado, el día para el que me había estado preparando con tanto ahínco. Aunque.... estaba allí. Si. Allí estaba Enriqueta, tirada sobre la acera, sobre mi propio regazo, dejando escapar su vida, que era la mía, en un último aliento de desesperación.
Mierda.....
Abrí la puerta del trastero y en el fondo del departamento de la derecha, detrás de la escoba y la fregona, encontré un abultado fardo. Tiré de él, hasta sacarlo del trastero, y lo coloqué suavemente sobre el terrazo del pasillo. Cogí mi navaja suiza y despanzurré el envoltorio del fardo hasta dejar sus tripas al aire: La culata del FR F1 y su mirilla telescópica brillaron por encima de todo lo demás, y el olor del aceite con que había limpiado dicho fusil inundó el ambiente de mi hogar.
Contemplé el fusil con gran orgullo... El arma. Y sonreí.
Un capitán de la mercante argelino, que antes, en los tiempos de la colonia, había militado en la legión extranjera del ejército francés, y al que le solía comprar el tabaco de contrabando en sus visitas al puerto de mi ciudad, me ofreció el FR F1 por dos mil euros y no lo dudé ni un instante. Y no lo dudé, porqué me hacía falta. Estaba en guerra desde hacía casi un año y no podía seguir escondiéndome mas, ocultándome del enemigo como si fuera un cobarde.
Y no. Yo no era un cobarde. Y aunque estaba rodeado por todas partes, por fin me había hecho con la munición adecuada para el fusil: un buen montón de balas de siete milímetros y medio, y una buena bandera. Si, mi bandera, que había tejido durante mi reclusión invernal con el vestido de noche de mi querida Enriqueta. El mismo vestido que llevaba puesto el día que nos conocimos.
Extendí la bandera en el pasillo y me erguí, contemplando desde mi altura las dos armas: el fusil de precisión del ejército francés y la bandera: un trapo gris plata ribeteado por un verde oscuro que, a modo de hiedra, envolvía el brillo de su interior.
Puse la mano sobre mi pecho, cerré mis ojos, y musitando su nombre, juré fidelidad a mi nueva patria, a mi nuevo país y a mi nueva ley.
-Así pues, yo, Marcos Navas Fernández, reniego de todo el pasado, de todo lo ocurrido, y hoy voy a dar respuesta a quienes sin motivo me han intentado destruir... acabar con mi existencia... y sin conseguirlo.
Cogí el fusil, mi bandera, apagué las gaitas de la música, y salí del refugio de mi casa.
Me subí en el ascensor y pulse el diez, la altura más alta de mi edificio. Mi corazón empezó a acelerarse.
Salí a la azotea, al aire libre, por entre un depósito de agua y el garito de los motores del ascensor. Una barandilla blanca, no muy segura, me sirvió de apoyo para contemplar las vistas de mi ciudad.....
No, ya no era mi ciudad. Todo cuanto veía era territorio enemigo: El este, el oeste..... el norte, el sur..... Todo....
¿Todo?
No. Todo no.
Con dolor, despegué la bandera de mi pecho y la icé con cuidado por entre los cables de la antena colectiva y hasta que el viento la hizo ondear en lo más alto de mi nueva patria.
Si querían guerra, la iban a tener. Desde luego que si.
Así el rifle hasta que este alcanzó la horizontalidad y lo acaricié como si tuviera vida propia. Coloqué el dedo en el gatillo, y me acerqué a la mirilla telescópica. El trafico era fluido, como siempre, y mis enemigos numerosos.
Sonreí. Era el día indicado.
Y apreté... por mi país, por mi bandera… por mi patria.

viernes, agosto 31, 2007

Defraudadores categóricos


Si compañero. Hemos defraudado al mundo. Entre los dos podíamos haber hecho grandes maravillas: convertir lo banal en extraordinario; y lo mezquino, miserable y ruin, en una gesta heroica sin precedente alguno.
Si compañero…. Unidas nuestras sinergias nada habría podido con ambos los dos. Seríamos los reyes del mundo.
Sin embargo, ya ves: ni hemos tenido hijos con los que prolongar la estirpe de la patria, ni hemos estudiado lo suficiente como para inventar una mísera vacuna. Nuestro afán por la política jamás pasó de la barra del bar y esas ideas tan prometedoras fenecieron entre las colillas del suelo. Si, incluso aquella novela que ambos escribimos y que tú ibas a llevar al cine acabó por perderse en el disco duro de un viejo ordenador en blanco y negro…. y el sol brillante y esplendoroso de aquellos tiempos se entumeció hasta dormirse en el mas ridículo y prometedor de los fracasos.
Tú te dedicaste a lo tuyo y yo…. Y yo me convertí en Rapatundas.

Bienvenido... otra vez.

martes, julio 03, 2007

Cuestión de equilibrio


Tocar el órgano en aquella iglesia era lo único que me invitaba a seguir respirando. Todos los fines de semana, recorría más de cien kilómetros hasta encontrarme en aquella aldea perdida en los montes de Lugo. Por contra, y para poder disponer de la llave de la vieja iglesia románica, el cura me había hecho la oferta de tocar en cuantas celebraciones o funerales se ofreciesen en el templo. Así, si quería accionar aquellos fuelles, recorrer con la vista los enormes tubos que se perdían en el cielo, debía ambientar con mi órgano las despedidas funerarias, las bodas, y las comuniones.... Y a veces lo hacía con tanto entusiasmo, con tanto ardor, que el cura tosía tres o cuatro veces con fuerza para que el órgano y yo volviésemos de nuestro viaje a "ningures" y así, tras la vuelta al silencio, él pudiera continuar con la homilía.
Sin embargo, lo que parecía un hobby, un simple pasatiempo para derrochar mi capacidad musical, acabó convirtiéndose en una obsesión, en un amor desatado por hacer circular el aire por el interior del dichoso instrumento, por lo que llegué a pasarme noches enteras tocando música barroca, o romántica; e incluso probando ciertas piezas que llegué a componer en alguna de esas largas vigilias.
Con el tiempo, mi mujer acabó mandándome al carajo, señalándome la puerta de atrás, por supuesto. Igual que mi jefe, que se hartó de darme permisos y de mis torpes disculpas para no trabajar, por lo que, después de ser despedido, acabé instalándome cerca de la iglesia, para lo que arrendé una vieja casa con un buen terreno de labradío en su derredor en el que, mas mal que bien, planté algunas coles, algunos grelos, y algunas otras legumbres. Así, de ser un urbanita con las manos tan finas como las de una baronesa, pasé a conocer las durezas de la tierra en forma de callos en la palma de mis manos, y de la calefacción o el aire acondicionado de una oficina me acordé en cuanto llegó el rigor del invierno, o el derroche agónico del verano. Todo por tocar un viejo órgano de viento, convertido en una pasión como nunca había tenido otra en mi vida, ni siquiera en mi época moza en mis andares con las mujeres.
Los vecinos de la aldea empezaron a mover la cabeza cada vez que se cruzaban conmigo. No comprendían mi afición y quizás dudaban de mi cordura. No obstante, era muy buena gente y en ningún momento me dijeron nada al respeto. Simplemente, sabían que el órgano estaba funcionando mas ahora que en los últimos tres siglos y que, en sus celebraciones eclesiales, iban a tener la música gratis.
Pero un día todo cambió.
La normalidad es normal porque no sucede nada extraordinario. Si el sol sale por allí, se oculta por allá.... Si la marea sube, la marea baja.... Y si todo el mundo se comporta como es debido, las cosas funcionan. Es una lógica inapelable, las buenas gentes lo saben, incluso las malas también. Por eso, cuando apareció el lobo después de tres lustros sin hacerlo y mató cuarenta ovejas, entre los más sabios del lugar se arqueó la ceja de la sospecha y sobre sus entrecejos nació una profunda arruga que no era nada “normal”.
Cuarenta ovejas de una tacada después de tres lustros: Todas tiradas por la hierba en dantesca imagen de una ferocidad desproporcionada.
Y, mientras los lugareños enterraban los animales, surgió una conversación que en apariencia no tenía mucho que ver con el lobo:
- Lucita abortó el pasado lunes.
- ¡No me digas! Igual que Begoña, a filla de Xan da Revolta - respondió sorprendido Armando.
- Vaya.... Hay pocos niños en la aldea, y las dos últimas en empreñar....no lo logran.
- Vaya... vaya casualidades.
Sin embargo nadie cree en las casualidades. Acuden a ellas para explicar lo inexplicable, pero en el fondo, donde nacen los razonamientos, saben que todo tiene una causa, una motivación, una razón de ser.
- Lleva sin llover seis meses - comentó Miguel tras un corto silencio.
- Si, ya no hay pasto. Menos mal que tengo una poca hierba en el silo, que sino iba a tener que enviar las vacas a comer a casa del alcalde.
- No se como voy hacer. Tengo el pozo en las últimas. Ayer bajé a limpiarlo y no me cubría ni el tobillo.
- Ya verás como todo cambia en Octubre y después llueve a mares.
- A ver...
Porque, razonan, que si ahora falta el agua, después vendrá toda junta, como si en el cielo se almacenara en una especie de pantano y al menor descuido se pudiesen abrir sus compuertas.
Sin embargo:
- Merda!!! - dijo Armando veinticuatro horas después al ver como las llamas devoraban gran parte de la masa forestal de la aldea.
- Todo el monte queimado... Arrasado desde el río hasta la carretera.
- Y con los pinos de cuatro años – añadió Miguel.
- Merda.... merda, merda, merda....
Lo que estaba pasando no era normal.
Por lo que, sin saberlo, sin ser consciente de nada, los despropósitos se acumularon en mi derredor poco a poco, piedrecita a piedrecita.
No obstante, continuaba enamorado de mi órgano y que murieran cien o mil ovejas y se quemaran un millón o dos millones de robles, pues, la verdad, no me inquietaba demasiado. Era feliz, o creía serlo, y los problemas, desde que el mundo era mundo, siempre habían existido.
Sin embargo, unos días después se produjo un suceso que agravó por completo la situación:
Durante el funeral por la muerte de un emigrado en Argentina, sin el cuerpo presente, el párroco comenzó a tener unos ligeros principios de vómito mientras contaba la historia del hijo pródigo. Las arcadas fueron a más y el párroco se murió cuando todos pensaban que hacía los típicos gestos para que yo dejara de tocar.
Por supuesto, no acabó la historia del hijo pródigo.
Una hora más tarde, mientras los camilleros recogían su cuerpo yo noté como algunas miradas se posaron sobre mí. La gente murmuraba por lo bajo ciertas cosas de las que yo no era partícipe y un ligero escalofrío recorrió mi espina dorsal.
La suerte, la mía, estaba echada.

El resto de la historia quizás sobra. Si, porque volvió a llover, naturalmente; y no ardió mas monte ese año, pues no había mucho que quemar, y el otoño enfrío los tojos y las silveiras. Además, Lucita empreñó y tuvo una preciosa niña al año siguiente... Del lobo, no se volvió a saber. y el nuevo cura, el nuevo cura hacía las misas sin coro ni órgano y era un buen tipo, organizador de excursiones por todas las tierras de España, Andorra incluida.
En cuanto a mi, ya lo saben, tuve que irme de la aldea. No porque me echaran o me dijeran algo al respeto. Simplemente, unos días después del aciago suceso del párroco, el órgano apareció completamente destrozado, de arriba abajo, con las trompeteras convertidas en gravilla y ya no tuve ningún motivo para seguir viviendo en aquella aldea perdida en los montes de Lugo.

jueves, junio 14, 2007

El canto de un mendigo

Distingidos señores y bellas damas elegantes y de suave tez, dignaos echarme una mirada, y en vano no sonarás, organillo.

Fausto.

jueves, abril 05, 2007

Un cambio de aires


Con un destornillador marca Still me quité los cuatro tornillos que sujetaban la tapa de mis sesos y dejé que las ideas se airearan durante un buen rato. Además, introduje unos cuantos acertijos con los que entretenerme más tarde y, también, una calculadora que me ayudara en los quehaceres de cada día.
No obstante, al intentar cerrar la cabeza, perdí uno de los tornillos y al agacharme para buscarlo bajo el sofá, perdí dos más que hicieron que me fuera imposible cerrar la sesera.
Así, con la frente desencajada de su lugar y con una patilla inclinada hacia la mejilla, salí a la calle y me encaminé hacia una ferretería en donde comprar los dichosos tornillos. Para mi desgracia, y como si no tuviera ya bastante, llovía a cantaros y por el agujerito de la rosca de los tornillos se empezó a colar un poco de agua. Al principio unas gotitas, que me refrescaban, pero al rato, con la acumulación, mis ojos empezaron a llorar sin ganas y comprendí que tras los mismos había tanta agua como en la pecera que adornaba mi salón.
La fría humedad penetró por entre las sinuosas curvas del cerebro y fue empapando todas y cada una de mis ideas… Mis recuerdos se cubrieron de lluvia, las travesías por las arenas del Sahara no resultaron tan secas y calurosas como creía, y Mary, aquella chica tan calentita y acogedora que olía tan bien, y a la que me follé en un Fiat Panda, resultó sudar igual o más que Michael Jordan en una final de la NBA.
Mis miembros se des-coordinaron, todo lo veía borroso, y la boca se me hacía agua, literalmente, cayendo de mis labios a borbotones, impidiendo que respirara con la soltura habitual.
De la susodicha humedad pasé a empantanarme por completo y la confusión reinó con anarquía sobre lo que antes era yo….
…. O tú, o él, o nosotros, pues los palabros se mezclaron, la configuración y el orden de mi persona ya no tuvo sentido alguno y todo lo que hasta ese momento había sido un conjunto de imágenes, deseos, anhelos, ideas, emociones, esperanzas, recuerdos…se licuo bajo la tapa de mis sesos y cuando llegué a la ferretería no supe muy bien a porque había ido, por lo que me vine para casa con una tijera de podar, un sobre de semillas de buganvillas, un saco de tierra abonada, y cuatro macetas en donde plantar tan bonitas plantas trepadoras.
No se lo que me pasa últimamente. No se si es el estrés o la vejez, pero cada vez que salgo de casa vengo cargado con tonterías, con cosas que no me hacen puta falta, como si fuera un comprador compulsivo, y quizás va siendo hora de que haga un viaje o algo parecido que me aclare las ideas.

Angel de colamina


Soy un ángel de colamina, el as de espadas en la mano del demonio: el látigo, el azote de los nudos que atan los sentimientos en el alma de los desesperados, y desde que me compré una moto enorme, gigantesca, de super-acojonante cilindrada, no paro quieto ni un solo minuto.
Alejandra, mi novia, ha comprado otra moto muy parecida a la mía. No obstante, yo tengo trucado el traga-carburador y no es capaz de ponerse a mi altura. Cuando salimos a la carretera, la miro por debajo de la viserilla del casco, le guiño mi precioso ojo brillante y gris plateado, hago el gesto de jódete morena con el pulgar vertido hacia abajo, y acelero por en medio los torpes turismos que inundan la nacional. Por el retrovisor, la veo venir haciendo eses, agachándose sobre el depósito de su máquina, y aunque no le veo la cara, imagino su rictus cabreado al tiempo que retuerce la manilla…Y vuelo, vuelo por la meseta a doscientos cincuenta, doscientos sesenta, doscientos setenta kilómetros por hora, cortando el aire como si fuera una línea incandescente sobre la superficie de un planeta, la vibración de la cuerda de una guitarra loca.
El astro Sol, a lo lejos, se oculta ante mi presencia, se esconde tras la montaña, y el ruido atronador del tubo de escape inunda la noche oscura de mi alma hasta reinar en solitario sobre todos los grillos del universo. Freno, decelero hasta detenerme, y aparco a la viera del asfalto, sobre la crujiente gravilla del arcén. Me quito el casco y saco un cigarro rubio del fondo del bolsillo de la cazadora. Lo enciendo, aspiro, y fumo. Las virutas de humo se elevan en el aire dibujando una clara grieta sobre la negra noche. No se donde estoy ni me importa. Tres, cuatro, o cinco horas de velocidad imposible, y quizás me halle en Francia, o en Inglaterra....
No obstante, ella me encontrará.... En la ciega ira de su tempestad, me verá, y dará conmigo. Alejandra es así, imperturbable, invencible, indomable... la cruz que se clava más y más en mis entrañas.
Tiro la colilla, y la veo, la veo venir.... Es ella convertida en lejana luciérnaga antes de deslumbrar la negritud.
Me quito la ropa rápidamente: el mono, los pantalones la camiseta, los mocasines de goma.... y desnudo, sobre la fría superficie del asfalto, me coloco sobre la discontinua línea del medio de la carretera y levanto los brazos como si fuera un náufrago perdido en el océano...
Aquí, aquí, grito con fuerza. Sin embargo, ella no se detiene, no reduce ni un gramo la presión de su mano sobre el acelerador y pasa rozándome con su bólido. Me doy la vuelta, y la veo desaparecer... en la noche. La lucecita roja de su piloto trasero acaba feneciendo tras una lejana colina. Maldigo su desvergüenza, su carácter rugoso y cruel, y me subo en mi moto enorme, gigantesca, de super acojonante cilindrada.... Me olvido de mi desnudez y hasta del casco: El ángel de colamina vuela sobre la carretera y persigue, iracundo, a su demonio. Primera, segunda.... quinta, sexta... Las revoluciones convierten el gorgoteo en un afilado rugido sin fin, y mis dientes se muerden entre si...
Allí está. Ya la veo. Alejandra ha reducido su velocidad. Quiere jugar conmigo, que me acerque un poco.... Ajá. Tenía razón. Ahora que me ha visto acelera. Adelanto un camión trailer, adelanto otro camión trailer, y la pierdo.... Miro por el retrovisor y la veo. Se ha escondido tras el remolque de uno de los Volvo, y, sibilinamente, se me ha pegado por detrás, a mi estela.
Cuando veo que está lo suficientemente cerca, freno de golpe, y ahora si, me embiste con su moto, lanzándonos a ambos por entre las estrellas y hasta acabar en el fondo de un barranco.
Y así, antes de morirnos, antes de convertir nuestras motos en simple chatarra, me pego a Alejandra en el aire, la abrazo por última vez, y sus ojos, en cuyo iris se refleja la Luna, me sonríen bajo la viserilla de plástico fino.....

viernes, febrero 23, 2007

Mi personaje favorito


Yo vivía tranquilamente en mi mundo. No tenía que dar explicaciones a nadie y era libre para hacer lo que me viniera en gana.... Era quizás el personaje de novela mas feliz de cuantos haya inventado el ser humano en sus viajes por la literatura.
Me levantaba cuando picaba el sol en lo alto, cuando las legañas ya se habían aburrido hasta de mi cara; carecía de calzado y de ganas de tenerlo, y mi posesión mas preciada era un simple sombrero de paja medio roído en su coronilla. Aun así, era la envidia del mundo de entero y cualquier niño del mundo habría cambiado todos sus ahorros de la infancia por vivir una tarde a mi lado en el Mississippi, de la mano de mi amigo Tom, o simplemente pescando conmigo mismo, con Huck.
No obstante, un día todo cambió. Las musas decidieron desprenderme de mis peculiaridades y por culpa de un arco-iris primaveral en cuya base se reflejaron mil chocolatinas fui a parar a otra época mucho mas disparatada. Me lancé como un loco a por aquellas relucientes chucherías y cuando quise llevármelas a la boca comprendí que la feliz imagen era una simple alucinación. Sin embargo, tras darme cuenta de mi error, de lo tonto que había sido, caí en la cuenta de que los frondosos árboles de la orilla del río habían desaparecido bajo los brillantes rayos del sol y que unos muelles grises, ataviados con una niebla espesa y oscura, ocupaban por completo el horizonte de mi propia visión. La alucinación en la base del arco-iris había sido un simple cebo para que atravesara una puerta hacia otro mundo y ahora, desamparado, me encontraba en un lugar que nunca había visto.
No comprendía nada. Mark Twain siempre había sido muy bondadoso conmigo... y más que bondadoso, desprendido. Me había creado para entretener a Tom Sawyer en sus curiosas aventuras y desde entonces, aparte de ponerme una caña de pescar en la mano, se había despreocupado de hacerme trabajar o de mandarme a la escuela como al resto de los demás niños. Y sin embargo ahora, cuando ya casi hacía un siglo que se había muerto el viejo, resulta que algún espabilado me estaba utilizando en un experimento literario con un absurdo arco-iris repleto de chocolatinas de mentira.
En aquel muelle de piedra, los barcos no eran a vapor como en el Mississippi, y alrededor del muelle, por encima del pavimento, circulaban ruidosos vehículos que mi nuevo padrino se había inventado para la nueva historia.
- Aparta neno...
Me aparté. Estaban descargando pescado de las bodegas de un barco pesquero y el hielo que se desprendía de las cajas hizo que por primera vez en mi vida echara de menos un buen calzado.
Aterido por el frío, salí de los muelles y me dirigí hacia donde pintaban las casas: unos edificios más altos que ningún árbol y cuadrados como las tapas de un libro. Por en medio de dichos edificios, se hallaban unas calles repletas de gente y de bullicio, de frenéticos movimientos plenamente orquestados: unos para un lado, otros para otro, una anciana muy despacio, un señor muy apurado, unos a voces para hacerse oír, otros saliendo de un bar... Y el caos ante mis desorbitados ojos, que eran incapaces de seguir todo cuanto allí ocurría, que jamás había visto tantas personas juntas, siendo imposible hacer memoria de cuanto ocurría.
- Aparta neno...
Y me apartaba.
Deambulé como un tonto por entre la multitud. Estaba ciego de tanto ver y ni siquiera me di cuenta de los mil inventos que jamás había visto, pues mis ojos se obcecaban sobre aquellos rostros tan decididos, tan marcados y resolutos, atrayendo mi total atención.
- Hola.
- Hola - le respondí a un niño tan gordo como un tonel.
- ¿Porqué no tienes zapatos?
Miré los suyos, manchados del barro por la puntera, y dije:
- Prefiero ensuciar los pies.
- ¿Y abrigo.... no tienes frío?
- Yo no.... Nunca tengo frío - mentí.
- ¿Y tu papa?
Abrí la boca para contar otra mentira, pero una mujer, que debía ser su madre, apareció voluntariosa de dentro de un comercio y, como si yo fuese un apestoso, agarró a su gordo hijo de la mano y se lo llevó de mi presencia antes de que le dijera que mi papa estaba matando indios con el séptimo de caballería.
Fue entonces, tras ver como se balanceaba aquel grasiento trasero al alejarse de mí, cuando sentí el reconocible sonido de mis tripas.
Tenía hambre, por lo que me dejé llevar por mi instinto y al cabo de unos minutos acabé metiendo mi mano por donde el brillo de unas coloradas manzanas.
- Al ladrón - gritó alguien al ver mi atrevida apetencia.
Escapé por en medio de la multitud, acabando en una oscura callejuela, y disfruté de las tres manzanas que había podido conseguir.
- Eh... – oí decir.
Miré hacia una ventana sin cristales con las bisagras medio desvencijadas por la herrumbre, situada al fondo del callejón. Una mano me hacía seña de que me acercara hasta allí.
- Eh... ¿Tienes un cigarro?
- No.
- ¿Me puedes dejar un par de euros?
- No tengo.
- ¿De donde eres?
- No soy de ningún lado.
- ¿Te han robado los zapatos?
- Si.
- Acércate aquí.
Me acerqué muy lentamente. Aquella voz tan estropeada no era muy de fiar.
- Yo soy de Logroño... ¿Y tú?
- De ningún lado - repetí.
- Ja. Que gracioso.
Al llegar junto a la ventana pude verle la cara. A pesar de la voz cascada, su rostro era joven, de facciones muy marcadas, moreno y de afilada quijada.
- Puedes venirte para dentro - me dijo abriendo una hoja de la ventana.
- Yo.... no quiero molestar - dije.
- No seas idiota muchacho.... Te has metido tanta mierda la pasada noche que no te das cuenta ni del frío ni de cómo vas.
Subí por la ventana y una vez dentro tarde un buen rato en hacerme a la oscuridad del interior.
- ¿No hay lámparas? - pregunté.
- El otro día enganché la luz.... pero vinieron los cerdos y me la cortaron...
En la habitación solo había dos colchones y unas cuantas mantas.
- ¿Cómo te llamas?
- Huck.
- Anda.... ¿Eres irlandés?
- Si - dije por decir.
- Yo me llamo Antonio y ya ves, voy tirando de aquí para allá, dando tumbos, pidiendo por las estaciones, y durmiendo donde me pilla la noche. Aquí llevo una semana y en cuanto mejore el tiempo me piro para el sur.... Hasta los cojones del agua y del frío.
- Yo quiero ir hasta el río Mississippi - dije.
- ¿Y a qué? Allí en cuanto te vean te van a meter cuatro tiros... No ves que no quieren vagabundos.
- ¿Vagabundos?
- Si.... Yo vi una película en donde la policía se cepillaba a los vagabundos como si fueran simples sanguijuelas.... Son muy brutos los americanos. Lo arreglan todo a base de ostias.
- ¿Y esto? ¿Aquí?
- ¿En Coruña? También... No te creas. Solo que no hay tantas pistolas y por tanto se ahorra mucho en balas.
- ¿Curuña?
- Oye... Tu estás zumbao, zumbao... A mi me gusta el vino una barbaridad, pero aun tengo sentido de la orientación... ¿Qué mierda te tomas tú?
Muchas de las palabras se me estaban escapando... Curuña, zumbao.... No obstante, estaba satisfecho de la conversación con aquel simpático caballero que además me había acogido en su casa.
- ¿Me dejas coger una manta? - pregunté.
- Claro.
Me envolví hasta parecer una mortaja y poco a poco, al entrar en calor, me fui abandonando al cansancio y al sueño. Por un momento creí que estaba otra vez a orillas del río, esperando por Tom, o tirando de un pez tan grande como la burra de la tía Polly, cuando el humo de la hoguera hizo que me despertara.
- Vaya.... Ya despierta la bella durmiente. ¿No te apetece un chorizo a la brasa?
- ¿No hay cocina en esta casa? - le pregunté al ver el fuego en medio de la habitación.
- Oye, no vaciles.... y tómate este chorizo. Ahí tienes el pan. Está un poco enmohecido, pero puede comerse.
Hinqué el diente en lo que aquel hombre me ofrecía y me acerqué un poco al calor de la hoguera.
- ¿Qué.... está bueno? Y toma neno, un trago de vino.... Como si fuera papaito... eh... Ya me podías dejar que te diera un poco por el culo.
- ¿Qué... culo?
- Tranquilo rapaz.... que era broma.
Probé aquello que Antonio llamaba vino y a punto estuve de devolver cuanto había comido. Nunca había probado una cosa tan amarga.
- ¿Qué pasa? ¿Está chungo el clarete?
- Quiero regresar - dije tras recuperar el aliento.
- ¿A dónde, neno? ¿A Irlanda?
- Quiero volver a mi casa.
- Eres menor de edad... Con ir hasta una comisaría ya está. Te devuelven a tu casa con todos los gastos pagos.
- No es tan fácil. Debo encontrar un arco-iris.
- Claro, por supuesto - se río Antonio.
- Yo no debía estar aquí. Debía estar en la orilla del Mississippi, tumbado, durmiendo la siesta, construyendo cabañas por el bosque, o balsas de troncos para navegar río abajo... Debía estar disfrutando de la vida.
- Y yo muchacho. Yo tampoco debía estar aquí.
- Entonces....
- Yo debía estar en una isla del caribe, bajo unos cocoteros, y discutiendo con Viernes por culpa de un tonel de ron.
- Entonces... ¿Tú también fuiste atraído por las chocolatinas?
- Por supuesto, Huck. A mi también me engañaron las chocolatinas.... Siempre engañan las putas chocolatinas.
- Pues tenemos que hacer algo. Buscar un arco-iris para regresar. Yo al Mississippi, y tú a tu isla.
Me miro con algo de pena.
La hoguera, reflejada en sus ojos, se apagaba poco a poco.
- Pues bébete el vino.
- ¿Cómo?
- El vino es la solución. En cuanto lleves bebido ese cartón de vino empezará a salir el arco-iris.
- ¿De verdad?
Antonio bajó la cabeza.
- ¡Qué mierda, chabal! - gritó - ¿¡Me estás vacilando?!
- No - dije.
- Entonces... ¡Largo de aquí!
- Pero....
- Ni pero ni ostias... ¡Fuera de aquí!
- Pero es que.... soy Huckleberry Finn, el amigo de Tom Sawyer, el famoso personaje de Mark Twain...
- Vale. Y yo soy Antonio López Sabucedo. No soy amigo ni personaje de nadie y esa ventana que ves ahí, esa misma, es la puerta por donde te vas a ir.
Miré el lugar que me señalaba, y con cierta pena, abandoné el calor de aquella pequeña lumbre.
No se cual habría sido mi pecado en el olimpo de los personajes ficticios, pero una endiablada pluma que no era de mi tiempo parecía dispuesta a hacerme sufrir todo cuanto antes había disfrutado a orillas del Mississippi.
- ¿Porqué, porqué?
Y hacía frío…. Mucho frío.
Miré mis pies descalzos y añoré la presencia de mi creador. Si Mark Twain guiase ahora mi destino, si viviese, ya me habría puesto unos buenos zapatos.

sábado, enero 20, 2007

El relevo


Después de seis años en la misión, de trabajar a diario en el cuidado de los enfermos terminales de sida, Jorge comprendió que se le había agotado el ánimo, que finalmente se había extenuado con su trabajo en la isla, y que por eso estaba allí, a punto de regresar a su casa, junto a los suyos.
La ilusión con la que había llegado a Dili parecía truncarse al mismo tiempo que la joven democracia timoresa, pues ahora los enfrentamientos entre los pro-indonesios y los católicos eran continuos y las peleas parecían ser la antesala de una temida guerra civil. Quizás, pensó Jorge, no era el momento adecuado para abandonar su puesto en la misión, ya que aparte de los problemas derivados de la violencia, los casos de sida eran dos veces superiores a los de hacía un lustro y el personal que atendía a aquellos pobres desgraciados seguía siendo el mismo: el padre Isaac, la hermana Marianinha, Andrea, y él mismo, un voluntario civil con un título de enfermero que hacía de médico tratando de mitigar el agotamiento final de unas vidas castigadas por el maldito VIH.
Jorge cerró los ojos un momento y contempló el desfile de rostros que había despedido en su viaje hacia la muerte....sintiendo que era un desfile demasiado pesado. Algunas caras, como la de la joven Dulzura, la primera paciente que había atendido en la isla, empezaba ensombrecerse en su recuerdo. Quiso definir alguno de sus rasgos, pero le fue imposible, como si aquella chiquilla tan menuda se hubiera convertido en una fotografía humedecida por la lluvia y su última existencia se fuera a diluir. Por lo que, con rabia, abrió los ojos, y una sensación de abandono se apoderó de todo su ser, dolido por la dejadez que había hecho del recuerdo de aquella joven.
Si, quizás era un iluso, un idiota romántico que creía en la perdurabilidad de los sentimientos, en la solidaridad humana. Se había educado con la humanidad de dichos principios y el hecho de que empezara a olvidar a sus pacientes, olvidar sus manos, sus ojos deseosos de vida, sus dolores y sus suspiros, era quizás la razón fundamental de su renuncia a seguir en Timor. No quería convertirse en una máquina, por mucho bien que le hiciera a su propia causa, a la lucha contra la desesperación, y además ya no había vuelta atrás: la decisión ya había sido tomada.

Jorge estaba en el pequeño aeropuerto de Dili esperando por un avión que, vía Darwin, lo llevara hasta Lisboa. Al mismo tiempo, esperaba poder ver a su relevo que llegaba en ese mismo vuelo.
- ¿Jorge?
Se volvió. Era la joven que esperaba... Aunque no era tan joven. La mujer que tenía delante era una atractiva cuarentona, demasiado abrigada para el clima tropical que le esperaba, y lucía una sonrisa espectacular entre sus prominentes y sonrojados pómulos. En su mano derecha llevaba una pequeña maleta y en la izquierda sujetaba un bolso, un par de libros, una pequeña cartera repleta de papeles, y un par de gafas de gruesa montura.
- Perdona. Estaba pensando sobre cierto asunto..... ¿Cómo me has reconocido?
- Eres el único occidental de toda la sala.
- Ah - asintió Jorge -. Yo - añadió -, esperaba...
- Una jovencita idealista recién salida de la universidad - le interrumpió la mujer.
- Jorge - dijo entonces Jorge, un poco desconcertado, pero soltando una pequeña carcajada y extendiendo la mano a modo de presentación.
- Dulce... Dulzura - dijo la mujer haciendo caso omiso de la mano de Jorge y estampando dos sonoros besos sobre sus mejillas.
- ¿Dulzura?
- Si... Veo que le sorprende un poco.
- Un poco si. Hace unos momentos estaba pensado en una Dulzura.
- Algo agradable, supongo - dijo la mujer con una cierta picaresca.
Jorge sonrió.
- Muy agradable - dijo - Aunque nada que ver con... Bueno, fue mi primera paciente en esta isla.
- Anda... Lo siento, Jorge... Ya debí suponer, al verte tan abstraído, que podías estar haciendo un balance de tu estancia en este país.
- Si, son seis años. Seis largos años.
- Mucho tiempo, desde luego.
- ¿Eres doctora?
- Si, soy doctora... Una doctora divorciada con un par de hijos que han crecido demasiado pronto.
- Vaya.... ¿No habrá venido hasta aquí para hacer una cura de soledad?
- No.... Pero... Pero, ¿porque lo dice?
Jorge cogió aliento y dijo:
- Porque este trabajo no es ninguna tontería. No es un segundo plato con el que curar posibles frustraciones.
La doctora Dulzura mudo su alegre rostro hasta remarcarlo con una gran seriedad y dijo:
- ¿Porqué me dice eso?
- Perdone.... Perdona. Pero lo que dejo aquí no es un puesto en la misión, no es una vacante o como diablos lo llamen. Lo que dejo en Timor, en el lugar mas maravilloso del planeta, es un cacho de mi propia alma y quiero que quien ocupe mi lugar se entregue con toda la fuerza de la suya, de su propia alma.
- Entonces... ¿El abandono? ¿Porque se va?
Por la mejilla de Jorge discurrió una resbaladiza lágrima, que era el asomo de los sentimientos que ahora lo atenazaban, y entre el dolor de su sentir, débilmente, musitó:
- Me voy porque estoy agotado.
Dulzura asió a Jorge por el hombro y, a un palmo de su cara, le dijo:
- ¿Y tu crees que con cuarenta y cinco años que tengo, con la vida resuelta en Portugal.... tu crees que vengo a Timor a curar mis frustraciones, o a hacer turismo?
Jorge levantó su mirada. La doctora tenía unos ojos muy vivos y a la vez profundos, chispeantes, llenos de vida y a la vez serenidad.
- No - respondió finalmente -. Y perdona..... Solo que a veces, con la entrega, nos llegamos a creer un poco... totalmente imprescindibles.
- Lo entiendo - y añadió: - Pero ahora hazme un favor.
- ¿Cual?
- Dame un abrazo y... vete de una vez. Vete ya si no quieres esperar quince días por el siguiente vuelo.
Jorge se dio cuenta de su despiste con la hora, imbuido como estaba con las responsabilidades de su trabajo, y tras abrazar efusivamente a Dulzura, echó a correr hacia el lugar de embarque, un único y solitario puesto de aduanas. Entregó los documentos, y, satisfecho, miró hacia atrás y saludó a su relevo con total serenidad.

Si, Jorge podía ir tranquilo.