miércoles, septiembre 03, 2008

A conciencia

El tipo puso el disco encima de la mesa y lo empujó hacia mí, deslizándolo con suavidad sobre el oscuro barniz, dando un cierto suspense o emoción a dicho movimiento.
- ¿Está ahí? - pregunté.
El tipo asintió.
Miré con resignación el disco y busqué la billetera en mi chaqueta. Tenía que pagar por el trabajo realizado y lo iba a hacer incluso antes de haber visto el contenido.
El tipo, un tal López, se dio cuenta de que iba a cobrar los seis mil euros acordados y carraspeó nervioso, haciendo patinar la nuez sobre su cuello de arriba abajo y a una velocidad de vértigo.
No obstante, me equivoqué de bolsillo y eso me dio tiempo a alargar la conversación.
- ¿Es habitual?
- ¿Lo qué?
- Esto - dije señalándole el disco -: los cuernos. Descubrir un engaño.
- Bueno, menos de lo que parece. Por lo general se trata de malos entendidos, o de celos, y lo mas corriente, cuando sucede, es que ya se sepa del engaño y se acuda a un investigador privado en busca de pruebas que verifiquen el hecho... El hecho ante un mas que posible litigio judicial. Ya sabe, cosas de dinero.
Encontré la cartera en el otro bolsillo, en el izquierdo, y la coloqué sobre la mesa al lado mismo del disco.
- Entonces... soy un caso raro.
- No, tampoco es eso. Lo que le ha ocurrido a usted, también sucede. Tengo descubierto un buen número de casos similares. De eso puede estar seguro, solo que...
- ¿Qué? - inquirí ante su pausa.
- Sólo que, ya digo, no es lo más habitual.
Abrí la billetera y busqué los billetes en su interior.
Uno, dos, tres...
- ¿Las imágenes son muy... son...?
- Son nítidas - me respondió.
- ¿Y...?
- Fuertes. Son fuertes.
- ¿Cómo de fuertes? - pregunté.
La nuez del investigador privado volvió a hacer un recorrido relampagueante por el gaznate. El hombre quería cobrar de una vez y no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación en esos momentos.
- Usted mismo - me dijo señalando el disco.
Chasqueé la lengua dentro de mi boca en claro gesto de fastidio, prendí de malos modos la punta del cigarrillo, por una esquina, y miré en mi derredor, contemplando la clientela de la cafetería con tan poca fijación que la gente me parecían maniquíes sin rostro.
- Es que no quiero verlo - dije azorado.
- Pero...
- Si, ya se que es la prueba de la infidelidad, y que le ha costado mucho trabajo, pero... como comprenderá... Es muy doloroso para mí.
- ¿Entonces?
- Me gustaría fiarme de su palabra.
- Ah... - asintió nervioso el hombre, aunque no se si porque al final comprendía mi situación o, si al contrario, porque por un momento pensó en que quizás yo no tenía la intención de pagarle.
- Pues es verdad - dijo rápidamente -. Su mujer le engaña.
Saqué los seis mil euros de su refugio y se los entregué.
El tal López suspiró sin disimulo alguno. Sin duda, estaba necesitado de dinero. Se levantó con energía, como un tiro, y sin despedirse ni pagar el café que había tomado se largó de la cafetería.
Yo, por el contrario, me quedé un buen rato allí sentado, mirando el reflejo plateado del disco, escuchando el murmullo constante de las conversaciones, viendo como pasaban los coches por la avenida.
- Me cobra - le dije al camarero.
Me alcé de mi sitio sin muchos ánimos e hice el amago de dejar el disco allí mismo, sobre la mesa. Más, me pudo la razón y lo metí en el bolsillo con la intención de deshacerme del mismo mas adelante.
Salí a la calle y una suave brisa se encontró con mi rostro y con mi mente abotargada.
No puede ser, no puede ser, no puede ser, me decía por mis adentros, recorriendo todos y cada uno de los gestos de mi mujer en el retrato de mi memoria, analizando su inacabable multitud de proclamas de amor... recordando su sabor, su olor, su sonido.
No puede ser.
Abrí la tapadera de un contenedor y tiré el disco en su interior.
De camino a casa, lloré como un niño que se ha perdido entre la multitud, a borbotones.
Afligido, incrédulo, e indeciso... racionalmente muerto y con el corazón hecho trizas, caí en la cuenta de lo mucho que me dolía la situación y cuando llegué a casa no pude hacer lo que inicialmente tenía previsto: No pude mandarla a la mierda.
Ya lo haría mas tarde.
Pero no fue así. No lo hice. Ni al día siguiente ni al otro. Yo amaba con locura a mi mujer y solo hasta que cierto día, seis meses después, un correo electrónico con remite anónimo me llegó al buzón de mi ordenador, caí en la cuenta del engaño en el que estaba viviendo. El correo me indicaba una dirección de una página web en donde pude ver a mi mujer corriéndose como una perra en los brazos de otro hombre, sorbiendo una polla que no era la mía, refregándose y gozando lo indecible tal y como indicaban sus libidinosos gestos, ronroneando.... gritando de placer, pidiendo mas y mas y mas.
Ese día sufrí una especie de shock nervioso y mi relación matrimonial acabó para siempre. Las imágenes se clavaron como un machete afilado sobre mi cerebro y luego, durante un año, fui un zombie sin vendas ni destino sobre la faz de esta tierra.
Y ahora, que ya me empiezo a encontrar medianamente recuperado, aunque no tengo demasiado claro dicho destino, sigo sin comprender ciertas cosas de ese pasado... de quien me envió el correo, de quien colgó el video en internet... quizás el mismo investigador privado... Y sobre todo, de como pasé seis meses al lado de una mujer que me la estaba dando...
... me la estaba dando a conciencia.
Mi conciencia.

2 comentarios:

Guinda de Plata dijo...

Vaya golpe bajo. Me refiero a ese final de desasosiego, de desazón.

Un magnífico relato, como todos los tuyos, Suso, con ese ambiente de relato negro que tanto me gusta descubrir en ti. Me encanta leerte, es todo un placer.

Brillante, grande. Sigue así.

Besos, muchos y variados,

B.

Fauve, la petite sauvage dijo...

A veces necesitamos una prueba de certeza para poder luego olvidarla y seguir como si nada, pero más tarde o más temprano el hilo se rompe (porque no es más que de un hilo del que pendemos).
Otras, el no tener ningun disco nos desampara más aún, porque la imaginación se desborda más aún.
En uno y otro caso se recupera la normalidad por la tendencia a la supervivencia de la persona.